Policías federales abandonaron a a su suerte a Trinidad de la Cruz

Publicado el Diciembre 12, 2011, Bajo Nacional, Noticias, Autor @gabriel_Mzuma.

Periódico La Jornada/ 12 diciembre 2011.

* Mejor nos llama cuando vayan de regreso, le dijeron antes de ser asesinado

* Tirados boca abajo en una brecha oculta por la selva sólo escuchamos los golpes secos y los lamentos ahogados de Trinidad de la Cruz Crisóstomo, de 72 años; detrás de nosotros alguno de los cuatro sujetos armados que nos emboscaron lo tortura mientras otros nos vigilan, cortan cartucho, preguntan cosas y amenazan. Entre los cuatro encapuchados no suman el número de años del anciano al que están matando lentamente.

Guadalajara, Jal.- Trinidad regresó ese 6 de diciembre a Xayakalan –territorio recuperado por los nahuas de Santa María Ostula el 29 de junio de 2009–, 15 días antes intentaron asesinarlo ahí mismo; un sicario lo golpeó varias veces con un rifle pero no se atrevió a disparar delante de tantas personas.

A Trinidad lo sacaron de Michoacán para refugiarlo en Colima, sus heridas apenas cicatrizaban cuando decidió volver para animar a la gente a participar en la última fase de la consulta con la que se determinaría la postura de la comunidad en las negociaciones con la Secretaría de la Reforma Agraria y el gobierno estatal por el conflicto de tierras con pequeños propietarios de La Placita. Él sabía que estaba amenazado, pero tenía la idea de denunciar públicamente a su agresor, dar su nombre, señalarlo como miembro de un grupo paramilitar que amedrenta a la gente para dividir a la comunidad.

–Los vamos a sacar. Esta tierra nos ha costado sangre, por eso venimos, no van a controlar nuestra tierra así, no nos van amenazar –decía el hombre con su voz rasposa mientras caminaba entre los arbustos de jamaica que comenzaban a echar flores; y se refería al grupo de sujetos que controlan el monopolio de la violencia a Xayakalan, a donde no entra la Marina, ni el Ejército, ni policía alguna, a pesar de las medidas cautelares emitidas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en septiembre y julio de 2010, donde se pide al Estado mexicano brindar protección a los habitantes de Ostula.

–¿Qué chingados andan haciendo acá? –nos pregunta uno de los sujetos armados que sigue apuntándonos; continuamos tirados en la brecha y entre respiraciones agitadas intentamos contenernos. ¡Se los va a cargar la chingada! Les vamos a cortar la cabeza para usarla de maceta, nos dice otro mientras comienza a entonar una canción: somos sanguinarios/ locos bien ondeados/ nos gusta matar. Uno más ordena sacar el cuchillo para cortar a Trinidad, juzgado y sentenciado en ese momento por cuatro jóvenes que se emocionan al encontrar cigarros en los bolsillos de los plagiados.

A Trinidad de la Cruz le decían El Trompas y representaba para muchos en Ostula uno de los últimos sustentos morales de la comunidad. Esa mañana más de una persona se alegró de verlo y le recomendó tener cuidado, porque lo andaban buscando los armados.

La consulta estaba programada a las 18 horas en la cabecera de Santa María Ostula, a unos 30 minutos de Xayakalan subiendo hacia la sierra. Él se sentía confiado por la presencia del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), se sentía protegido porque hasta ese momento los paramilitares habían respetado a los contingentes de apoyo y solidaridad que desde julio de 2009 comenzaron a llegar al territorio en disputa. Creía que no habría mayor problema para subir al sitio de la consulta, confiaba en que la caravana del MPJD venía escoltada por la Policía Federal (PF) desde que salió de la ciudad de México. Pero los federales se fueron, no quisieron esperar ahí: mejor nos llaman cuando vayan de regreso, dijeron antes de esfumarse por la carretera rumbo a Colima.

–La comunidad no nos puede dejar solos, tiene que seguir apoyándonos –insistía Trinidad mientras intentaba explicar a los integrantes del MPJD cuán grande y rico es el territorio recuperado: aquí el pobre vive bien, siembra jamaica, papaya, ajonjolí, hay jaiba, pez y cocos; si nos quitan esto, allá arriba en la sierra hay muy poco.

Xayakalan nació el primero de julio de 2009, un día después de recobrada la tierra, cuando comenzaron a construirse las primeras casas en lo que antes se llamó La Canahuancera; Trinidad estuvo ahí durante varios días, encabezó la férrea defensa contra los grupos armados que asediaban a quienes recuperaron el territorio por la vía de los hechos, amparados en una dotación presidencial de 1961 y en títulos primordiales datados en los primeros años del siglo XIX.

Pero desde ese día comenzaron los asesinatos en contra de líderes comunitarios y personas cercanas a ellos (28 hasta ahora; de las 40 familias que llegaron a poblar Xayakalan quedan sólo 30, las otras 10 forman parte del centenar que se ha ido de Ostula por la violencia.

Uno de los paramilitares, el más joven, adolescente todavía, intenta tranquilizarnos, ofrece disculpas por lo que dicen sus compañeros, agrega que regresaremos a casa sin problemas: el problema es con él, este viejo es nuestra contra; pero la situación no cambia.

Los cuatro saben que nos tienen dominados y a su merced, se sienten más seguros, han revisado la camioneta en la que viajamos, se cercioran de que no tenemos cómo defendernos y comienzan a pensar en voz alta. Te va a cargar la chingada, viejo cabrón. ¿Para qué regresaste? Atrás de nosotros continúan torturando a Trinidad. Uno de ellos corta cartucho y jala el gatillo… nada, no hay detonación, lo intenta de nuevo… nada otra vez. ¿Y qué hacemos con éstos?, pregunta. Hay que darles avión, responde otro.

Llegada la hora de ir hacia la cabecera de Ostula, Trinidad prefiere abordar la camioneta del MPJD para ir más seguro, pero antes de salir a la carretera, de entre los arbustos saltan cuatro sujetos encapuchados, armados con pistolas escuadras y un AK47.

Detienen el vehículo, bajan al copiloto y le ordenan abrir la puerta trasera. A ti te andamos buscando, le dice el más joven al hombre de 72 años que les pide no hacer algo que pueda lastimar a quienes lo acompañan. Ya te cargó la chingada, es la única respuesta.

Los paramilitares dan órdenes cruzadas, uno quiere que todos se bajen, otro que se arrinconen en el fondo de la camioneta. Los segundos pasan lentos y nadie sabe qué hacer. Un disparo al aire obliga a todos a ir hacia la parte trasera del vehículo para buscar refugio ante la posibilidad de que ahí comience el tiroteo.

Los paramilitares suben a la camioneta, toman el control y obligan al conductor a ir por la carretera, le obligan a girar a la izquierda en una brecha que se va tragando al vehículo. “¿Díganme qué les hice a ustedes? Yo no les he hecho nada… Si es su estrategia para matarme… pues ya”, era el último intento de Trinidad para tratar de dialogar y evitar la muerte de los demás. Bájense todos y tírense al suelo detrás de la camioneta, ya se los llevó la chingada, fue la respuesta.

Tirados boca abajo en una brecha oculta por la selva sólo escuchamos los golpes secos y los lamentos ahogados de Trinidad de la Cruz Crisóstomo; detrás de nosotros alguien lo tortura… ¿Les quitamos los celulares?, pregunta uno de ellos. Saquen los teléfonos, ordena otro. Dirigiéndose a Trinidad, uno más dice: vas a vivir, pero vamos a platicar largo tú y yo. Se escuchan más golpes, otra orden: “levántelo… ¿o no puedes caminar?” Trinidad contesta casi sin voz: no puedo. “Levántelo a piquetes… y ustedes se van a ir por Lázaro Cárdenas, cuidadito de regresar por donde vinieron o vuelan en pedacitos.

Una camioneta negra los va a estar esperando y los va a escoltar… y nomás que vayan con el chisme a los marinos o al Ejército”. Nos levantamos sin voltear atrás, la camioneta sale en reversa hasta la carretera e inicia el recorrido de casi 300 kilómetros hasta los límites con Guerrero; hay dos teléfonos celulares tirados entre los asientos pero no hay señal… ni policías, ni Marina, ni Ejército. Llevamos la vida en el pecho pero la muerte metida en la cabeza. Al día siguiente encontraron el cuerpo de Trinidad, atado de manos, torturado, con una oreja casi desprendida y con cuatro tiros en el cuerpo.

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