Eterna Cihuacóatl. Cuento de: @conderojo

Publicado el Junio 30, 2012, Bajo Columna de opinión, Autor Molotov.

Siempre he sido la indiscutible dueña de la noche mexicana, de la noche de los grillos, los Chapulines y las luciérnagas. Siempre he sido la romántica y eterna Cihuacóat . . . el llanto y lamento nocturno, la única mujer que con tan poco; con un simple lamento hizo dirimir hasta los aguerridos y sanguinarios guerreros tlaxcaltecas, hombres nobles, de fina casta, hombres indomables, en su tiempo también lograron rendirse ante mí. Como ellos, mis hermosos y queridos hijos tlaxcaltecas, tan nobles, tan orgullosos y guerreros, ellos también se rindieron ante mí, me tuvieron miedo, me respetaban, quizá ahora no sea tan distinto, pero ahora siento que a la larga, ya no saben de mí.

Conforme voy conociendo, e incluso recordando puedo decir que cada noche es distinta, a veces con lluvia, a veces con llanto diario, sin embargo, a pesar del frío y del agua cada noche es ella sola en esencia, como una huella digital, muy pequeñita, pero que ahí está para dejarnos su impresión personal a cada momento. Esto es fácil de explicar, quizá por algún gatito, algún perrito, por esos amantes en la fuente, pero siempre eran distintas entre ellas. Cada noche en sí misma, es ella misma en substancia.

Debo de confesarles que desde hace ya algunos años, me he cansado de caminar con esos pies de humana, por eso los decidí dejar, abandonarlos en un sueño de verano, en un prehispánico imaginar. Saben algo, fue poco a poco que me acostumbre a este andar sin pies, sin huellas, al caminar de los espíritus en la tierra de esa manera tan única y peculiar que nosotros, los no-muertos tenemos al andar, de aquellos entes que como yo, a veces son incomprendidos. Si, de eso ya hace mucho, la memoria aún me alcanza, pero sé bien, que de eso, aún reinaban las pirámides y los templos en el valle de Aztlán y de Tlaxcallan.

Estar en la tierra del olvido, entre la esta Tierra y el Mictlán no es una labor sencilla, pero si es muy divertida. En antaño, en el México de ayer solo los felinos mayores me podían ver tal como soy, ahora, esos simpáticos animalitos, los gatos que los hombres de ultramar, los hombre blancos, trajeron consigo, también me pueden contemplar tal cual soy. Es muy divertido ver como se esponjan, maúllan nerviosos y corren al percibirme.

Los seres humanos, los actuales guerreros de este México tan moderno, tan cambiado, tan pesimista y vencido, tan deshumanizado a razón de ayer; sólo me pueden ver como una mujer doliente, blanca, cubierta por un velo y que llora llamando a sus hijos olvidados y muertos en el ayer durante toda la noche. Sí, mis hijos. Esos naturales, esos nativos mexicanos y tlaxcaltecas que fueron arrasados sin piedad por el hombre blanco que alguna vez pensamos que era Quetzalcóatl, y que sin embargo, al poco tiempo del sueño de Moctezuma, descubrimos que eran rapaces demonios albinos, mountruos, seres humanos, mortales como los demás, ambiciosos y avaros, que solo querían robar lo poco que mis hijos habían logrado a lo largo de los años.

Recuerdo que alguna vez me lo dijeron claramente Tezcatlipoca y Mictlantecuhtli: ‘Esos hombres, esos seres albinos sin rasgos de piedad en la cara, no eran enviados de Quetzalcóatl, aún menos su reencarnación y regreso’.

Tiempo después, en un hermoso paseo por el cosmos, el mismo Quetzalcóatl me lo advirtió tajantemente, sin duda alguna esos hombres no eran enviados por Él.
Fue esa noche hermosa y celestial, que confirme que ni yo misma conocería mi verdadera forma, solo los felinos y los dioses la verían tal cual es en realidad.
Fue entonces que me di cuenta que viviría condenada a lamentar la muerte de mis hijos que ya no están, que están condenados en el olvido. Sobre todo me di cuenta que intentaría en vano advertirles el peligro de nuestro evidente aniquilamiento como aquella noche en que los augurios empezaron a hacerse presentes.

El tiempo ha transcurrido, y ahora veo un México y un Tlaxcala tan cambiado, tan diferente a cada momento de su propia vida.

Bien dijo un muchachito hace poco tiempo, el Mexiquito ya ha cambiado, ese muchacho tan simpático que en vida se llamó Carlos Fuentes me hizo comprender mejor las cosas, él me enseño que ese México en el que siento que me he soñado eternamente, siempre está en constante cambio, y que nunca volverá a ser el mismo. Poco a poco, como en la novela, el costumbrismo se va perdiendo, se va adoptando lo urbano y cosmopolita en un país que ha sido conquistado interminablemente y muchas tantas veces incluso por él mismo.

Esta conquista versa sobre todo en la conciencia de los mexicanos que ya no son mis hijos, que ya no son los nativos que yo vi crecer en mi seno y desarrollarse tan tiernamente hasta formar grandes culturas. Pero sin embargo estos mexicanos de ahora, tienen algo de ellos, de mis hijos nativos y algo de los hombre blancos, algo de Zapata y de Díaz, algo de Villa y de Huerta, algo de Ultramar y algo de Tenochtitlán, algo de Quetzalcóatl y algo de Viva Cristo Rey. Son parte de mis hijos, y a la vez parte de lo ajeno, de lo que nos aniquilo el futuro en el ayer. Son lo que ahora llamamos lo mexicano, ese proyecto fallido, ese mestizaje sin sentido, esa raza cósmica, ese pueblo que no se rinde ante la adversidad y que incluso tiene el don de hacer bromas con sus desgracias.

Esta es mi tierra en la que me tengo que lamentar. De ellos también son las noches que he aprendido a vigilar y cuidar, de ellos son este México errante y cambiante, lleno de contrastes, de furias y de amor, de ellos es está tierra que también soy yo.

La eterna Cihuacóatl debe cuidarlos eternamente para no ser destruida juntos con ellos.

Esa es la labor de una eterna madre doliente, esa es la misión que Tezcatlipoca y Quetzalcóatl me dejaron para perpetuar el equilibrio del cosmos y del mundo.

Ese es el motivo de mi eterno peregrinar por las noches tan distintas en esta gran patria, en esta región tan transparente que el aire nos dejó para poderla preservar hasta la eternidad de los tiempos. Este es mi México, esto es la Eterna Cihuacóatl.

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