1988, 2006, 2012 ¿No son prueba suficiente?

Publicado el Julio 10, 2012, Bajo Columna de opinión, Autor Molotov.

Guillermo Almeyra

Estas no fueron elecciones reales, sino una farsa, un fraude, como en 1988 contra Cuauhtémoc Cárdenas y en 2006 contra Andrés Manuel López Obrador. El fraude masivo y refinado lo prepararon desde 2006, para reafirmar la cláusula ad excludendum: hay gente con que no y no, pues no. El recuento, ¡oh sorpresa! sólo va a modificar algo los
porcentajes, pero el IFE le va a responder a Morena: “¡les siguen ganando, les siguen llevando un jopo de diferencia, ¡lástima Margarito!”

Después de haber encaminado todas las luchas durante seis largos años por la vía de las elecciones y las instituciones, mientras muchos advertíamos que eso era suicida; después de haber escogido un perfil muy conservador y moderado, en los debates, en las declaraciones, en la actividad; después de haber firmado hasta pactos de civilidad con los delincuentes e inciviles confesos y demostrados, ¿cómo puede un grupo dirigente arrancarse de los pies la bola autoimpuesta por años y llamar a una resistencia civil pacífica masiva en la que jamás creyó, que no preparó como alternativa y que, sin embargo, es lo único posible?

Si la campaña no hubiese estado tan lamentablemente centrada en las
instituciones y el ambiente político, hubiera sido fácil comprender
que –como escribimos interminablemente–, con sus recursos, sus 3 mil
kilómetros de frontera, sus millones de ciudadanos en el vientre del
monstruo, México es un problema interno de Estados Unidos, tal como la
política estadunidense es parte esencial de la política interna
mexicana. ¿Cómo los supuestos estrategas no vieron lo que es el ABC de
la política en nuestro país? ¿Cómo no vieron que los nuevos golpes que
da Washington son golpes de Estado con apariencia legal, incluso
constitucional con mecánica parlamentaria, como en Honduras o en
Paraguay, y que en México el golpe de Estado consiste precisamente en
la elección “legal” de los sirvientes y yes-men mediante la aplicación
de la cláusula ad excludendum (como Washington hizo durante décadas en
Italia antes de que el Partido Comunista se suicidase por no poder
renovar sus ideas y comprender los cambios sociales de la posguerra).

¿Cómo no ver que no se podía reproponer como nuevo el mero programa
del nacionalismo revolucionario, que la mundialización había enterrado
a fines de los 70, sin ver tampoco la necesidad de responder a las
nuevas clases medias y a los movimientos populares urbanos resultantes
de la concentración demográfica en las ciudades, al vaciamiento del
campo, a la emigración masiva, a los cambios culturales introducidos
por copiar a los estadunidenses el modelo de sociedad y cultura, a los
cambios internos en las clases y en sus interrelaciones, y a las
transformaciones en las capas dominantes? Hoy no llega al poder, por
ejemplo, “el viejo PRI, el dinosaurio”, llega el moderno grupo
delincuencial de Atlacomulco, ligado con el capital financiero y su
bandera es clarísima y capitalista de choque, pues plantea acabar con
lo que queda de Pemex, estatizar la empresa, modificar la Ley Federal
del Trabajo para reducir aún más los salarios reales, transformar la
tierra en mercancía…
La tercera derrota pasiva de lo que quedaba del nacionalismo
revolucionario tras todas sus modificaciones es un golpe durísimo a la
futura continuidad de AMLO como líder político. No sólo porque ha
perdido credibilidad como tal, sino sobre todo porque ésta ya no es
época de líderes, sino de movimientos de masa autorganizados, como fue
la Bola en su momento y empieza a ser hoy #YoSoy132.

Esos movimientos son más sanos, limpios, pluralistas, creíbles y
flexibles, y su inmadurez se corregirá en la lucha, en la que
seleccionarán teóricos y líderes tácticos. AMLO, en cambio, tuvo que
contar con el abrazo de los caínes y los judas, quienes “lo apoyaban”
para ser parlamentarios o gobernadores, para controlarlo y hasta para
que fracasase, de modo de dejarles el camino libre. No desaparecerán
los políticos como Ebrard o Camacho o los chuchos, pero lo que sí
desaparecerá será la posibilidad de un nuevo bloque nacionalista
revolucionario a la vieja usanza, como el que imperó desde 1920 hasta
1980. O sea un movimiento popular, con veleidades nacionalistas, que
extraía su legitimidad histórica del pacto entre los campesinos, los
trabajadores y el Estado, y de la usurpación por parte de los
dirigentes de éste de la revolución hecha por aquéllos.

México hoy se latinoamericaniza y dejó detrás de sí la peculiaridad de
haber tenido una revolución social de masas en el siglo XX y su Estado
omnipresente pasó a ser hoy un semiestado. El movimiento popular, que
con Villa y Zapata infligió una derrota a la oligarquía ligada al
capital financiero internacional, debe enfrentar hoy la reconstitución
de la misma, pero cuando Estados Unidos ha adquirido un peso enorme
que antes no tenía, cuando las clases dominantes mexicanas forman
parte del establishment estadunidense, cuando ya no existe la
atracción del socialismo y cuando los trabajadores están profundamente
debilitados. La tarea es por tanto enorme, pero –cerrado a cuatro
llaves el campo de los intentos de soluciones “legales”– al México
profundo de siempre no le sigue quedando otra salida que la
resistencia popular pacífica, prolongada y masiva.

La burguesía está dividida porque una parte de la misma está amenazada
por la corrupción y el narcotráfico y por eso apoyó a AMLO. Las clases
medias también, porque nadie en su sano juicio puede pensar en que su
hijo haga carrera en un país que se hunde. Eso se discute también en
las familias de los militares honestos. El Estado, con su corrupción y
sus fraudes electorales, no tiene legitimidad ni el monopolio del
poder de las armas. Si AMLO declara nulas las elecciones salvo en el
DF y Morelos, donde el fraude fue muy menor, y se lanza una campaña de
autorganización y resistencia civil con huelga nacional, México aún
puede cambiar. Es hora de cruzar el Rubicón.

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