“Sé que me van a matar…”

Publicado el Abril 29, 2013, Bajo Columna de opinión, Derechos Humanos, Autor Gloriamlo.

ANNE MARIE MERGIER
27 de Abril de 2013
JUSTICIA

En el primer aniversario del asesinato de Regina Martínez, corresponsal de Proceso en Veracruz, confluyen los peores males que pueden afectar a una sociedad: la corrupción, la mentira, la indolencia, el cinismo, la inseguridad más atroz no solamente para los periodistas sino para los ciudadanos, la zozobra, la impunidad… La corresponsal de este semanario en París, Anne Marie Mergier, recabó testimonios de quienes compartieron con Regina la dura infancia, los años de aprendizaje, los rigores del oficio periodístico. En ese retrato se reconoce a una informadora de vocación que combatió el silencio en Veracruz, estado que hoy goza de fama mundial por ser extremadamente peligroso para el ejercicio del periodismo.

XALAPA/CIUDAD DE MÉXICO/ PARÍS.- Las dos fotografías fueron tomadas en la plaza Lerdo en 2008. El corazón de Xalapa aparece envuelto en neblina. Campesinos empapados por la llovizna están sentados de espalda a las escalinatas de la catedral y frente al Palacio de Gobierno. Enarbolan carteles de protesta.

(las fotos se encuentran el la revista Proceso en circulacion)

En la primera foto, la corresponsal Regina Martínez entrevista a uno de los manifestantes. Le tiende la grabadora con la mano derecha. En la izquierda tiene un ejemplar de Proceso, con el cual intenta protegerse de la lluvia.

En la segunda imagen, los campesinos permanecen sentados. Regina se apresta a alejarse. El fotógrafo la sorprende justo cuando ella se da la media vuelta y lo mira. Regina sonríe.

Su entrevistado de aquella ocasión se llamaba Ramiro Guillén Tapia y era dirigente del Comité Regional Pro Defensa de los Derechos Humanos del sur de Veracruz. Semanas más tarde, el 30 de septiembre, se roció de gasolina en la misma plaza y se prendió fuego. Algunos de sus compañeros dicen que antes de convertirse en antorcha humana Guillén alcanzó a decir: “Lo hago porque no sirve el gobierno, sólo son engaños, y yo tenía que responder a mi pueblo popoluca”. Murió al día siguiente en el hospital.

Sentado en un café parisino, Andrés Timoteo Morales se esfuerza por controlar su emoción mientras contempla esas fotos de su amiga:

“Ramiro Guillén Tapia encabezaba un grupo de ejidatarios del municipio de Soteapan que habían sido despojados de sus tierras. A lo largo de dos años el gobernador Fidel Herrera les canceló 67 citas. Ramiro no aguantó más desplantes y se inmoló. Estos campesinos se trasladaron 67 veces a Xalapa y las 67 veces Regina los entrevistó. Para ella era un compromiso ineludible.”

En aquel tiempo Andrés era corresponsal de La Jornada en Xalapa y columnista en el diario Notiver. Al igual que una treintena de reporteros, fotógrafos y caricaturistas, tuvo que huir de Veracruz después del asesinato de Regina Martínez, el 28 de abril del año pasado.

A causa de las alarmantes amenazas contra ellos, la organización Reporteros sin Fronteras, la Asociación Mundial de Periódicos y Editores de Prensa (WAN-IFRA, por sus siglas en inglés) y la embajada de Francia en México facilitaron su salida del país.

“Estas fotos tienen tanto sentido… son casi metáforas –murmura Andrés–. Esa inquietante neblina, que lo oscurece todo, simboliza el miedo y el silencio que sofocan a Xalapa. Me llama la atención ver cómo Regina se protege la cabeza con un ejemplar de Proceso. Es otro símbolo. Regina vivía vigilada, hostigada, amenazada, pero pensó que trabajar para Proceso la resguadarba de lo peor. Se equivocó. Todos nos equivocamos. Por eso salimos disparados de Veracruz después de que la asesinaron. Entendimos que les valía madre todo y que podíamos ser sus próximos blancos”.

Sigue, conmovido:

“Veo un tercer símbolo en estas fotos: en ellas queda plasmada la preocupación de Regina por dar voz a los campesinos, a las comunidades indígenas, a todas las víctimas del sistema político corrupto que impera en Veracruz. Esa fue su cruzada personal. Vivió el periodismo como una misión que dio sentido a su vida pero que también la condenó a morir en esa forma tan atroz.”

En los seis meses que ha vivido en París, Andrés se ha negado a dar entrevistas sobre su caso personal. Aceptó, sin embargo, hablar de La Regis en vísperas de su primer aniversario luctuoso.

Ángel Martínez, hermano de Regina, y Elfego Riveros, director de Radio Teocelo, decidieron ofrecer su testimonio abiertamente. Las personas entrevistadas en la Ciudad de México se limitaron a tomar medidas elementales de seguridad, como sacar la batería de su celular al principio del encuentro. Los que aún radican en Xalapa eligieron cuidadosamente el lugar de la cita, evitando lugares públicos, como cafés y restaurantes.

Sus testimonios revelan aspectos desconocidos de la vida de Regina Martínez, cuya discreción era legendaria.

Compromiso férreo

Regina no se definió nunca como periodista porque le parecía “pretencioso”. Se asumía como reportera y asestaba: “Un reportero es sólo el mensajero, nunca debe ser el mensaje”.

Su círculo de amistades más cercanas califica de “farsa obscena” la detención, confesión y condena a 38 años de cárcel de José Antonio Hernández Silva, a quien las autoridades judiciales del estado de Veracruz presentaron como el asesino.

Al unísono denuncian un asesinato político. Sin embargo, cuando evocan a su amiga cuidan de no exagerar. No quieren convertirla en “mártir” de la libertad de expresión ni en un mito. Sólo buscan retratar a una mujer delgada, de apariencia frágil, pero de armas tomar, “muy macha” y a la vez sensible.

Entre sonrisas emocionadas y lágrimas atragantadas, recuerdan sus fuertes convicciones: “Era muy difícil discutir con ella. Costaba trabajo hacerle aceptar opiniones distintas de las suyas”. Su voluntad inquebrantable “la heredó de nuestro padre”, confirma su hermano.

Reconocen que tenía un carácter difícil: “Cuando la veía mal geniada, me apartaba y esperaba otra oportunidad para saludarla y platicar con ella”. Insisten en que desconfiaba de mucha gente y que siempre estaba a la defensiva. “Temía traiciones porque había sufrido varias, entre ellas las de un novio que resultó ser un vil informante del gobernador”.

Para Elfego Riveros, “le sobraban razones para desconfiar. La hostilidad era su ámbito natural: hostilidad de todos los gobernadores a los que le tocó reportear y de sus secuaces, hostilidad de la élite económica del estado y hostilidad del gremio periodístico jarocho, que en su amplia mayoría está cooptado, comprado, y es servil. En ruedas de prensa sus colegas la agredían verbal y a veces físicamente”.

Andrés Timoteo Morales coincide: “Éramos las ovejas negras. A menudo no nos dejaban entrar al Palacio de Gobierno, nos tiraban la puerta en la cara. Estabamos excluidos de los eventos oficiales”.

La corresponsal de Proceso en Veracruz nunca hablaba sobre su infancia. “Sospecho una niñez difícil que quizá la endureció”, arriesga una amiga. Su hermano Ángel explica:

“Por razones de seguridad, Regina siempre quiso mantener a nuestra familia totalmente alejada de su trabajo. Me dijo que nunca hablaba de nosotros con la gente que frecuentaba. Se sabía en la mira de los que denunciaba. No nos platicaba de sus investigaciones, pero todos éramos conscientes de que corría peligro. En nuestra familia nadie cuestionó su compromiso. Nos preocupaba pero respetábamos su independencia. Mis padres se veían muy inquietos, sobre todo cuando empezó la ola de asesinatos de periodistas, pero jamás le pidieron que renunciara a su profesión.”

Ángel tiene cinco años menos que Regina y se parece mucho a ella: de baja estatura, delgado, cauteloso, determinado, inteligente e intuitivo. Es el único de la familia que aceptó hablar con Proceso. No quiere comentar el desenlace judicial del asesinato en la entrevista. Sólo confirma que su familia no apelará.

“Mi padre tiene 85 años, mi madre un poco menos. Ambos siguen desgarrados y desconsolados. El trauma del resto de la familia es inmenso. Respetamos la voluntad de Regina de mantenernos apartados de todo. Yo sólo me encargo de asuntos administrativos ligados a su fallecimiento”, recalca.

Es un poco más elocuente al recordar su niñez en su pueblo natal, Rafael Lucio, en la zona montañosa central de Veracruz. Ángel fue el séptimo de 11 hermanos y Regina, que nació el 7 de septiembre de 1963, era la tercera.

Escaseaba el dinero en la casa. Florencio Martínez Romero, el padre, era empleado de una empresa. María Lorenza Pérez Vásquez, la madre, crió a los hijos.

“Mi señor padre nos impuso una disciplina muy estricta –enfatiza Ángel Martínez–. Todos teníamos que ayudar en la casa. Llovían castigos para quienes no obedecían. También nos inculcó la idea del trabajo y de la honestidad. Nos enseñó a valernos por nosotros mismos y a odiar el dinero mal habido. Nos incitó a estudiar. Nos decía: ‘La única herencia que les dejo es el estudio’. Nuestro padre nos brindó techo y comida, pero los gastos de la escuela corrieron por cuenta nuestra.”

Al cumplir los cinco años, los muchachos salían a vender chicles y lustrar zapatos en las calles. Después trabajaron en carpinterías o fabricaron sillas de montar. Las muchachas conseguían empleo en las tiendas del pueblo. Los mayores protegían a los menores. Regina tomaba muy a pecho su papel de hermana grande.

Ángel la recuerda rebelde, no con sus padres sino con el destino:

“Ella siempre quiso superarse, salir del pueblo, construir su propia vida. En el lugar donde vivíamos había una radioemisora con la que colaboró siendo aún muy jovencita. Creo que fue allí donde agarró el virus del periodismo. Después se fue al puerto a estudiar esa carrera en la Universidad Veracruzana.

“Seguí su ejemplo y también salí del pueblo con la intención de estudiar educación física. La alcancé en el puerto. Tenía 50 pesos en el bolsillo y la colegiatura costaba 500. Renuncié a mi sueño y busqué cómo ganarme la vida. Luego Regina se fue a trabajar a Tuxtla Gutiérrez como periodista. Me dejó su departamentito. Nos perdimos de vista durante el tiempo que vivió en Chiapas y nos volvimos a encontrar cinco años después, en Xalapa.”

Regina impresionó a su hermano cuando regresó de Chiapas más templada, apasionada por su profesión y comprometida “hasta el tuétano” con las causas sociales.

En Xalapa se movió mucho para encontrar trabajo. Al principio consiguió contratos con medios oficiales, pero no duró mucho con ellos. Aguantó un mes en Comunicación Social del gobierno del estado y su colaboración con el canal estatal Cuatro Más fue efímera.

Una de sus amistades de varias décadas recuerda:

“Poco tiempo antes de que la mataran me hizo una confidencia muy personal, lo cual me asombró porque casi nunca hablaba de ella misma. Me contó que uno de sus jefes en Cuatro Más la discriminaba por su origen indígena y que no quería que saliera al aire. Se indignó y dejó esa chamba. Me dijo: ‘Mi madre es indígena, yo soy indígena, y por lo tanto siempre voy a estar al lado de ellos. Es mi gente’.”

“El gobernador no te quiere”

A mediados de los años ochenta empezó una etapa importante en la vida profesional de Regina Martínez: entró a trabajar en el diario Política, fundado y dirigido por Ángel Leodegario Gutiérrez Castellanos, Don Yayo, un priista atípico que, según excolaboradores de ese periódico, destacaba por su apertura, su deseo de ejercer un periodismo crítico y la libertad con que trabajaban sus reporteros.

Sin embargo, dicen estas mismas fuentes, que a partir de 2001, después del fallecimiento de Don Yayo, sus sucesores se dejaron cooptar por el poder y convirtieron en “fuente de negocios” un espacio periodístico “único en la historia de Veracruz por sus denuncias y su libertad”.

Recuerda Andrés Timoteo Morales: “Regina Martínez y Guadalupe López eran las dos reporteras estrellas de Política. Se disputaban la primera plana con reportajes de fondo sobre la vida política de Veracruz y sus problemas sociales. Regina recorrió todo el estado, se metió en las comunidadas más alejadas. Se adentraba y denunciaba. Hizo eco de múltiples reivindicaciones, atropellos, catástrofes naturales y epidemias”.

Confía Ángel Martínez: “Don Yayo la apoyaba mucho. A pesar de su decisión de no mezclar la familia con sus asuntos de trabajo, de vez en cuando Regina me pedía llevarla en mi coche a zonas de difícil acceso. Después reporteó con un fotógrafo que tenía vehículo, volvió a su regla de seguridad y me apartó de su trabajo”.

Varios reporteros que entraron muy jóvenes a trabajar en Política se forjaron en el oficio bajo las órdenes de Regina y con el paso de los años se volvieron sus mejores amigos.

Ellos la describen como una jefa intransigente que los mandaba a rehacer 10 veces sus notas, les exigía mucho cuando reporteaba con ellos y les encargaba fuentes difíciles. En suma, una jefa “cabrona” y “mañosa para cuestionar a sus entrevistados”, y a ellos les enseñó a amar y respetar su trabajo.

Insiste otro colega: “Regina era terca, obstinada, no soltaba presa. Nunca se daba por vencida. Nunca dejaba un tema antes de haberlo agotado. Destaca entre muchos otros el caso de Ernestina Ascencio Rosario, anciana indígena nahua violada por militares en Soledad Atzompa, que Regina investigó durante meses. Acabó desafiando al propio Felipe Calderón, que respondió a sus denuncias con mentiras grotescas. El entonces presidente se cubrió de ridículo al asegurar que la anciana había fallecido a causa de una gastritis”.

Uno más destaca: “Regina tenía un archivo que valía oro sobre Veracruz, sus políticos y sus movimentos sociales. Además estaba dotada de una memoria prodigiosa. Era capaz de retratar con detalles a cada uno de los políticos del estado. Lo mismo podía hacer con todos los periodistas. Sabía quién era honesto, quién cobraba, quién era soplón o espía”.

Y Andrés Timoteo Morales afirma: “La línea editorial de Política empezó a cambiar después de la muerte de Don Yayo. Se restringió su libertad de tono. Poco a poco las dos estrellas, Regina Martínez y Guadalupe López, empezaron a convertirse en reporteras incómodas. Sufrieron presiones fuertes de los nuevos directivos para que se salieran del diario. Guadalupe resistió unos años y acabó renunciando en 2005.

“Regina no renunció y se enfrascó en una larga demanda laboral. Llegó un momento en el que no le publicaban ni una sola nota. Ella se hacía la brava pero en el fondo esos problemas la desgastaban mucho. Finalmente obligó a los herederos de Don Yayo a negociar su salida.

“Ella misma me confió que el entonces gobernador Fidel Herrera había exigido a los directivos de Política que la despidieran. Me contó que el director le había dicho: ‘El gobernador no te quiere y no quiere que estés acá’. Lo que enfadaba a Herrera no era tanto lo que Regina escribía en Política como lo que publicaba en Proceso.”

La reportera empezó a colaborar con la agencia Apro en 2001 y al año siguiente publicó sus primeros reportajes en Proceso. En la edición de este semanario correspondiente al 6 de mayo de 2012, Verónica Espinosa hizo hincapié en la amplia labor de Regina Martínez, que firmó 63 reportajes individuales y una decena en coautoría durante una década.

Elfego Riveros comenta: “Radio Teocelo y el periódico Altavoz, que creamos en 2007, difundieron las notas y los reportajes de Regina que Política congelaba. Era lo menos que podíamos hacer por una compañera que siempre se portó muy solidaria con nosotros”.

Su relación fue duradera: “Nos conocimos a mediados de los ochenta, cuando Radio Teocelo había dejado de ser una radioemisora cultural para convertirse en radio popular participativa. Nuestra experiencia la entusiasmaba. Le encantaba esa radio hecha por y para la gente, en la que se planteaba todo tipo de problemas: las mujeres denunciaban el machismo; los trabajadores cafetaleros, su situación laboral; los jóvenes, su falta de perspectivas… Poco a poco la gente empezó a cuestionar la forma en que los alcaldes se enriquecían y a denunciar muchos abusos.

“Entonces empezaron también las presiones contra nosotros. Batallamos años para salvar a Radio Teocelo, que los caciques querían cerrar. Regina siempre estuvo pendiente de los ataques que sufrimos. Los denunciaba a nivel estatal y nacional. Su apoyo fue capital. Sin el eco que dio a nuestros esfuerzos por seguir existiendo hubiera sido bastante fácil callarnos.”

La colaboración de Regina con esa radio comunitaria que cubre toda la región cafetalera del centro de Veracruz fue aún más amplia. Explica Elfego Riveros:

“Creamos una gran red de ‘corresponsales’ en toda la región. En realidad se trata de campesinos que nos informan lo que pasa hasta en las aldeas más retiradas. Al principio no sabían cómo procesar su información. Nos enviaban mensajes muy confusos. Además se inhibían cuando los presidentes muncipales se quejaban. Regina les dedicó mucho tiempo: los visitó, les explicó la forma de enfrentar las presiones y cómo sintetizar sus datos. Estrechó lazos con ellos y se hizo, como de paso, de una red de informantes que no tenía ningún otro periodista del estado.”

Concluye: “Cuando le era posible, Regina acudía al aniversario de Radio Teocelo, donde convivía con la gente, platicaba, se reía. Se sentía en confianza, entre iguales”.

Crítica hasta el fin

A sus amigos les cuesta trabajo imaginar a Regina en una fiesta. Insisten en que llevaba una vida sumamente austera. Desde años antes del asesinato pasaba mucho tiempo escribiendo en su casa, enviaba notas diarias a la agencia Apro y trabajaba en sus investigaciones para Proceso.

Casi todos los días comía con otros periodistas en Los Alcatraces, una fonda muy sencilla ubicada al lado del parque Juárez. Nunca salía de noche. No iba al cine. No invitaba nadie a su casa. Se cuentan con los dedos de una mano las ocasiones en que tomó unas cervezas con amigos.

Sólo dos de sus amigos más cercanos visitaron su casa. Uno de ellos la describe: “Se veía como su oficina en Política, llena de periódicos, recortes de prensa, libros, carpetas y grabadoras. Había dos televisores. Su casa era como su vida: invadida por el periodismo”.

Ángel Martínez confirma: “Sólo invitaba a la familia a su casa. Llevaba a mis hijos y los mimaba mucho. También invitaba a nuestros padres, los consentía, los llevaba al médico. En realidad Regina se desvelaba por nuestros padres, era su sostén moral y económico. Pasaba la Navidad y el Año Nuevo con ellos y el resto de la familia en (el municipio de) Gutiérrez Zamora. Eran los únicos momentos en que se relajaba”.

Explica uno de sus amigos de varias décadas: “El fin de semana se encerraba en su casa. Yo vivía relativamente cerca y nunca me la encontré en la calle un sábado o un domingo. Quienes la mandaron a matar conocían su rutina. Sabían que se aislaba desde las seis de la tarde del viernes hasta el lunes por la mañana”.

La casa de Regina Martínez aún tenía los sellos del Ministerio Público el 3 de abril, cuando esta corresponsal se asomó a verla. Es una vivienda pequeña y modesta, escondida al final de un callejón que se está asfaltando. Está en el barrio de El Dique, antaño tranquilo y hoy famoso por sus pandillas y sus broncas. Un jardín minúsculo con una palmera muy alta antecede la puerta principal de la morada.

Dice Andrés Timoteo Morales: “Poco antes de su asesinato Regina me comentó que buscaba vender o rentar su casa. Ya no se sentía a gusto en ese barrio, que había cambiado mucho; quería estar más cerca del centro. Se sentía vulnerable en esa casa, sobre todo después del extraño robo del que fue víctima a finales de diciembre de 2011, cuatro meses antes de que la mataran”.

Narra el reportero que Regina estaba de vacaciones en casa de sus padres cuando Proceso le pidió un trabajo urgente. Se regresó con rapidez a Xalapa para hacerlo. Cuando se metió a su casa se dio cuenta de que alguien había utilizado su cuarto de baño porque el piso todavía estaba húmedo. Buscó un sobre con dinero que había escondido en un cajón de su escritorio y lo encontró, pero vacío. Las chapas de la casa no habían sido forzadas…

La reportera se preocupó. “Más que un acto delictivo, el robo le pareció una señal. El cerrajero que fue a cambiar las chapas le comentó que el o los intrusos eran ‘profesionales’”, señala Timoteo Morales.

Regina consultó a Proceso, a sus amigos. Uno de ellos revela: “Tenía miedo pero no quería dejar Xalapa –afirma uno de sus amigos cercanos–. Me comentó que un colega de Proceso le había propuesto pasar un tiempo en una casa que tenía en Veracruz pero que no lo había aceptado”.

“Nunca me dijo que quería alejarse de Xalapa”, asegura Jorge Carrasco, quien trabajaba en estrecho contacto con ella. “Proceso debió obligarla a irse de la capital veracruzana”, insinúan varios. “Nadie hubiera podido imponerle esa decisión a Regina”, aseveran otros. Regina se quedó en Xalapa.

Las opiniones de sus amigos vuelven a chocar cuando se les pregunta sobre su estado de ánimo en los meses que precedieron al asesinato.

Varios dicen que no se veía más tensa que de costumbre. Otros, que dos meses antes tuvo muchos problemas con la conexión a internet en su casa, igual que con su teléfono fijo y su celular.

“Eso la angustiaba –confía un colega–. Pasaba días enteros totalmente incomunicada. Llamaba a los técnicos de la compañía y se normalizaba la situación, pero muy pronto se volvía a descomponer todo. Unos contactos que tenía en la legislatura le prestaban una oficina. Se instalaba con su laptop y desde allá enviaba sus notas. Al final acudía a un internet público. Desde uno de esos negocios envió su último reportaje a Proceso el 27 de abril de 2012”.

En la edición de Proceso del 6 de mayo de 2012, Marcela Turati dio a conocer el testimonio que Regina Martínez entregó a una organización de protección a los periodistas el 27 de septiembre de 2011. Escribió la reportera: “Vivo el peor clima de terror, cierro con llave toda la casa, no duermo y salgo a la calle viendo a un lado y otro para ver si no hay peligro…”.

Al respecto comenta Timoteo Morales: “Leí lo que publicó Marcela Turati. Regina no les habló de su terror a sus amigos para no preocuparlos. En realidad nos pasó lo mismo a todos. Estábamos aterrados, pero nos guardábamos ese miedo. Por pudor. Por precaución. Por no angustiar más a los nuestros. Por tantas otras razones que hoy siguen escapando a mi entendimiento”.

Dos semanas antes de su asesinato Regina sostuvo una larguísima conversación con un buen amigo suyo, también reportero. Éste la describe:

“Se veía cansada y por primera vez la oí cuestionar nuestro trabajo. Se preguntaba si valía la pena sacrificarle tanto al periodismo para tan pocos resultados. La desesperaba ver que la situación en Veracruz y en el país iba de mal en peor. Me decía que no había podido tener vida de pareja ni hijos… La Regina que conocía, sin llegar nunca a ser prepotente, tenía plena conciencia de su valor como periodista, pero esa noche me dolió oírla dudar de todo. Me dolió tanto más cuanto comparto sus interrogantes.”

¿Presintió Regina su fin trágico? Otro de sus amigos muy cercanos relata:

“Algún tiempo antes de su muerte, Regina aceptó dormir en casa de mi familia después de un reportaje que habíamos hecho juntos en un lugar un poco alejado de Xalapa. Todo el mundo la trató como si fuera de la familia. Eso la conmovió mucho. Por la mañana desayunó a solas con un pariente mío. Platicaron. De repente Regina le soltó: ‘Sé que me van a matar’. Según me contó ese familiar, lo dijo con una extraña sencillez y luego, sin darle tiempo de reaccionar, La Regis empezó a hablar otro tema”.

Post: Gloriamlo

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One Reply to "“Sé que me van a matar…”"

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OSO PANDA  on Abril 30, 2013

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