¿Y por qué los gobernantes mexicanos no han de tener derecho a la vida de los monarcas?

Publicado el Mayo 5, 2014, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

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Escrito por Lilia Arellano

¿Será que estamos siendo muy exigentes con nuestros gobernantes? ¿Qué tenemos críticas que no debieran surgir porque simplemente se trata de reacciones y acciones que acompañan a la especie humana? Porque resulta que en estos días de asueto, de cumplimiento con los cánones religiosos, me dí a la tarea de leer sobre asuntos de la realeza y me dí cuenta que el proceder de quienes tienen poder es siempre igual y tiene objetivos muy similares. En el caso de los monarcas no hay las severas críticas que se hacen a los que pretenden la democratización y son electos a través del voto y no cayeron en blandito como en ese aterrizaje de cigüeña que se dan en las cortes de palacio.

Resulta que en Mónaco, en ese lugar paradisiaco en donde no hay pobreza, todos son felices, ninguno paga impuesto porque el gobierno monárquico, con sus actividades recreativas y la permanente y mundial campaña publicitaria que realiza para permanecer siempre lleno de visitantes, capta todos los recursos y los aplica de manera honesta para mantener esa zona confortable para los de dentro y los de fuera, sin carencias, con un mantenimiento sin igual, también es un centro de disputa por el poder. Famoso por una y mil razones, vieron crecer la curiosidad hasta de los clasemedieros cuando la famosa actriz Grace Kelly se casó con el príncipe heredero.

Fue esas tal vez la primera boda que se disfruto en todos los estratos sociales del mundo. Una plebeya con su príncipe, como en los cuentos. Y su fama logro el ascenso de marcas de ropa y no de pocos estilistas con su famoso chongo “a la Grace”. El heredero del trono también tenía un buen perfil sin llegar a ser precisamente un galán, pero a las mexicanas con eso de que gustaban por ese tiempo del feo, fuerte y formal, les parecía un adonis. Como en esas leyendas tuvieron una vida feliz, con tres hijos, dos mujeres y un hombre. A las primeras se les permitieron bodas y divorcios, divorcios y bodas, pero el que ocuparía el trono sucesor andaba de boca en boca poniendo en entredicho su masculinidad.

Se casó, debería ocupar el trono de su padre pero su hermana mayor es impositiva y, dado que estuvo a cargo de la familia y del reino, exige ahora para entregar todo el poder que su hermano tenga un hijo, lo cual ven en el presente muy difícil porque resulta que hay grandes diferencias y hasta distanciamiento en ese matrimonio que dicen se realizó para tapar las versiones de homosexualidad que acompañaban al príncipe. Carolina gusta de domesticar y alimentar a los animales que se presentan en el Gran Circo de Mónaco, así que no le duro mucho alebrestar a la cuñada y así lograr que sea su hijo, a quien ya también casó y tiene heredero quien se quede con el control del paraíso.

Así se las gastan quienes no tienen ningún mérito para estar en el poder y llegan a él como causa de una relación sexual exitosa. Nadie critica la actuación de Carolina y de ella hasta opinan que siempre ha buscado lo mejor para el reino, o sea que nada de que aplique el nepotismo, ni que sea una mala hermana, ni que ande alterando las decisiones testamentarias, menos aún señalan que está alterando las leyes del lugar, incumpliéndolas; ni de chiste la tasan de dar patadas debajo de la mesa o de ser la versión Caín de las féminas. No, es una pro-tec-to-ra y recibe las bendiciones de su pueblo a su paso.

Nada tiene que ver este lenguaje y sus apreciaciones con lo que acá sucede, en donde se critica que los familiares, las amantes, las esposas, los cuates, los compadres, vivan del mismo presupuesto. En la Monarquía de eso viven todos. Para reinas y reyes se fabrican desde los calzones hasta los vehículos y aviones de manera especial. Para presidentes y gobernadores hasta el rentarlos es para que sean criticados. Allá es protección andar destituyendo o dando golpes bajos para quedarse con el poder; acá son miserables e hijoeputas los que emprenden tales acciones, además de ambiciosos y ojetes.

Definitivamente no hay nada mejor que nacer rey o reina. Contar con alfiles, protegerse en las torres, tener cuadras de caballos pura sangre y eso sí muchos peones para defenderse. Perdón, me equivoque, ese es el ajedrez que se juega por allá. En esta tierra, pura brisca, de esa que el as vale 11 puntos, más que los monarcas que solo valen diez o las sotas y los jotos que están más devaluados que el peso y ni decir de las armas, hay unas que ni valen. A ellos también intentaron conquistarlos y hasta envenenarlos y lo consiguieron en muchos casos que no cambiaron su estatus, salvo con los zares y esa a Rusia que pretendía igualdad.

A los reyes, como al de España, le reclaman y casi lo crucifican por andar de calenturiento, de lo cual tampoco se le puede culpar porque la reina será muy culta y él mismo le deberá el trono, pero siempre tiene cara de fuchi, además de que tiene sus gustitos como irse de cacería en tanto que la monarca tiene que lidiar con el padrotón yerno que le tocó. Pero nada les reclaman de la miseria causada o del dinero dilapidado. A los presidentes mexicanos les han armado escándalos porque tigresas les llevan serenata, o violinistas son cargadas por soldados para hacer entrada triunfal a un evento en donde ellos están presentes, o se casan con las que tienen la posibilidad de que les anulen matrimonios eclesiásticos, o se mantienen unidos con aquellas que revelan en el vestir sus profesiones anteriores. ¡Hasta se les exigen cuentas! ¿No le parece que es mucha la diferencia?

Así que de plano ya no hay que ser tan severos con nuestros gobernantes que pretenden una vida igual y eso ¿no es humano? ¿Acaso no todos soñamos con una vida mejor? ¿Qué no estaríamos felices de ver nuestros graneros llenos, lucir costosos vestidos y joyas, tener un séquito que impidiera que tuviéramos que molestarnos en ponernos los zapatos? Creo que de aquí en adelante solo deberíamos expresar nuestro enojo con esa pinche cigüeña que no contenta con mandarnos a ser parte del populacho andrajoso, piojoso y jodido, aterrizó en las casuchas, cerca del mar, eso sí. Ojalá se hubiera encontrado con nuestra águila para que frenara sus entregas y hasta le diera para sus tunas, ¿no cree usted?

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