PERFILES: La modernidad, la “igualdad de género”, la degradación del amor materno, de la salud y de la condición humana

Publicado el Agosto 25, 2014, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

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Algo sucedió y muy fuerte que se fue metiendo, nos invadió y provocó que lejos de hacernos más felices, de acrecentar los valores, de formar mejores familias con vástagos sanos, con futuro garantizado, de llevarnos a utilizar la tecnología para obtener mayores beneficios en todos los órdenes, nos fuimos para atrás, acabamos con lo que teníamos y no hemos sido capaces de recomponer lo desandado o de suplir lo carente con algo mucho mejor. Y bien podríamos empezar –redundantemente- por el principio, por la lactancia.

Resulta que amamantar ha sido un privilegio para las mujeres que viene a redondear esa gran satisfacción de generar vida. Para disfrutarlo cabalmente las madres y las abuelas aconsejaban atoles, ingerir cerveza, evitar el picante. Lo primero hacia que se generara más leche y lo segundo evitaba que a los pequeños les salieran salpullidos, ronchas, que se le provocaran retortijones. Esa acción no se escuchaba decir que limitara la libertad o que arruinara los senos o que se constituyera en una molestia.

Las que no lograban que su organismo produjera suficiente alimento con tristeza recurrían a las leches de lata, la SMA era de las más utilizadas; sin embargo, continuaban luchando por darle el pecho a sus hijos el mayor tiempo posible. De un momento a otro resultó que lo mejor era el biberón, que ya no era tan grato ver a las señoras amamantando en la vía pública o en los camiones, con todo y que la totalidad utilizaba una manta para no dejar ver sus senos. Luego dejaron de hacerlo las jóvenes porque les arruinaba el busto y en esas se ha llegado a que solamente un 14 por ciento de quienes dan a luz se atrevan a amamantar y el 90 por ciento de este porcentaje están en las áreas rurales.

Dejaron de utilizarse las patas de pollo para que los nenes se entretuvieran y aprendieran a chupar, tampoco se prepararon las papillas de esta ave o de papa y zanahoria o se rayaron los plátanos o se empezó por dar la punta de la cuchara con la yema de huevo. Empezó el abridero de latas y de recipientes con todo preparado. Lejos de utilizar las incipientes conexiones para aprender a dotar de mejores alimentos a la familia se recurrió a la facilidad de todo lo hecho, de lo que solo tenía que medio calentarse. Lo único que si se antoja de gran aplauso fue la fabricación en masa y con ello la disminución de precios de los pañales desechables, de los que llegaron para suplir al de algodón, al de cuadrillé, al calzón de hule.

Si tan solo ahí nos hubiésemos detenido no habría mayor problema en tratar de solucionar la diabetes que acompaña a los adultos que solo mamaron biberón, a los que les dieron todas esas leches que, se ha comprobado, no lograron la NUTRICIÓN que anunciaban y si han provocado que desde pequeños se padezcan enfermedades como resultado de un mayor colesterol o triglicéridos o esa fatal obesidad que los tiene ahora intentando dejar de comer chatarras y refrescos. Pero no ha sido ese el final porque si antes las mujeres reclamaban, peleaban a los hijos y las pensiones, la modernidad les marca que deben dejárselos a los padres, a los varones, a los también responsables de su existencia y educación.

En la formación de los mexicanos y de las mexicanas, ese tipo de reacciones era inexistente. La madre era identificada porque no había quien pudiera dar mayor amor, más limpio; no había ninguna relación con otra persona cercana que hiciera sentir tanta seguridad y protección. No son pocos los ejemplos de hombres a los que vemos deambular de la mano con sus hijos porque las progenitoras decidieron que deberían quedárselos y no precisamente porque no pudieran hacer frente a situaciones que no les eran ajenas porque las vieron y vivieron con sus antecesores, sino por modernidad, por facilidad, por comodidad, porque hay que trabajar y los vástagos… estorban.

Las había que cocían en máquinas de pedal, pasaron a las automáticas, a las que el hilo lo ensartaban solas hasta llegar a la desaparición, no sin antes utilizar las de fábrica, las que tiran por docenas las prendas de vestir y en las cuales eran, por decir lo menos, vilmente explotadas. Hoy, ya ni siquiera hay lugares en donde se dediquen a vender hilos, agujas, dedales, estambres, ganchos, agujas de tejer; tampoco se ven circular las publicaciones con patrones, con modelos y guías para lograr o la confección o el tejido de las prendas. Todo quedó en el olvido y tal vez sea culpa de los chinos que empezaron a mandar de todo a precios muy bajos.

O sea que la modernidad en coser, o las tejedoras automáticas solo sirvieron de adorno y por un tiempo, como las máquinas de hacer ejercicio que terminan de percheros. Las reuniones familiares, encabezadas y dulcificadas con la presencia de las amas de casa, se han convertido en las horas del silencio, en el reino de los mensajes telefónicos de todos los asistentes a la mesa, en el momento para sacar el ipad y divertirse entre bocado y bocado. Y eso no solo en las cuatro paredes de una casa que ya difícilmente se asemeja a un hogar, sino que tal escena se contempla en los restaurantes, en las fondas, en los parques.

Sentarse a escuchar la radio paso a la historia, como en el pasado quedó Kaliman o Chucho el Roto o la Mujer que no quería morir. Ver juntos una película o series como Combate, Doctor Kilder, Napoleon Solo, El Fugitivo, la película de la semana, se sustituyó, primero, por un “Siempre en Domingo” y se ha ido deformando esta programación hasta llegar a la explotación infantil más baja disfrazada de la búsqueda de nuevos valores. Aunque también hay quienes prefieren ver las series de narcos o los videojuegos para enseñarles a sus hijos como matar rápidamente.

En esa desintegración fue mucho lo que empezamos a perder y en los momentos decisivos apareció la liberación femenina, la gran lucha de las mujeres por sobresalir, por competir con el macho, por buscar ser y estar en igualdad de circunstancias aún y cuando, desnudos frente al espejo, seamos tan desiguales. Y no es que exista un pensamiento retrógrado en quien esto escribe, solo que no creo que se ha tratado nunca de competir sino de complementar, que siendo tan distintas las visiones, las opiniones, las formas de ver y sentir la vida no pueden ser las mismas entre hombres y mujeres.

Capacidades en las féminas no han sido negadas jamás, pero hubo épocas que pudieron haber logrado que tales sobresalieran para formar sociedades mucho mejores, sin embargo nada se hizo y el confort de ser mantenidas y protegidas primero por los padres y luego por los maridos, prevaleció. Las mismas mujeres fuimos creando y amamantando ese entorno del que luego nos rebelamos y ya no distingo el momento en el que los señores dejaron de abrirnos la puerta, de cedernos el asiento, de solicitar el baile, de tomarnos el brazo para descender escaleras o para abordar el transporte.

Las parejas en las fiestas es ya normal ver que están formadas por mujeres bailando con mujeres y en los rincones y en grupitos a los señores que ni siquiera están en franca contemplación sino ajenos a su entorno para hablar de otros temas, de algunos que antes solo eran tratados en las cantinas. Algunos ni siquiera sabrán cómo decirles a sus hijos que deben ser atentos con las damas, con las niñas, con las jovencitas porque los gritos hacia su pareja están presentes en muchas expresiones.

Si todo lo que dicen las libertadoras femeninas, lo que alardean como grandes triunfos, hubiese arrojado una mejor sociedad no se hubiesen generado estas líneas ni muchas otras, o tal vez lo que se estaría mencionando es el gran beneficio que se logró para la humanidad. Pero por desgracia no es así. Se puede hablar del éxito empresarial unido a una soltería que es aceptada en corto con la dosis de soledad que implica; de participación en actividades otrora exclusivas de los hombres; de que se puede elegir con libertad vivir en pareja o casarse; que ya se tienen curules a disposición y también algunas sillas de poder; pero ninguna puede presumir de haber hecho una mejor sociedad, a hombres y mujeres valiosos por sus principios, por su formación humana.

Y los ejemplo sobran cuando vemos que no disminuyen los violadores, los golpeadores de mujeres, los corruptos, los asesinos, los asaltantes que cada día se forman en su etapa de adolescencia si no es que de niñez, cuando sabemos de la existencia de mocha orejas, de secuestradores, de un número creciente tanto de consumidores como de narcotraficantes, de los que abandonan a sus hijos y no al pie de la escalinata de una mansión, o en la puerta de una Iglesia o de un orfanatorio, sino junto a los tambos de la basura. Y en ello van, de la mano, hombres y mujeres. Los unos formados por las que en busca de una pretendida liberación nos han hecho prisioneros a una inmensa mayoría.

A lo largo de la existencia he visto a los hombres obligados a mantener a una mujer, ya sea a la madre, a la hermana, a la sobrina, a las hijas, a la querida. Incluso, quienes tienen dualidades sexuales o se definieron por la homosexualidad, tienen en su haber el cumplimiento de manutención de una fémina. ¿Esos son los que no se han liberado? Si bien la responsabilidad de los hijos debe ser compartida, la enseñanza se mama y si se trata de amamantar, solo la mujer puede… hasta ahora, y eso, siempre será un privilegio. ¿O no?

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