ÍNDICE POLÍTICO: ¡QUÍTALE EL CONGRESO A PEÑA!

Publicado el Junio 3, 2015, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

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Si viviera el dos veces Premio Pulitzer Arthur Schlesinger, seguiría arrepentido de haber llamado a la corte de Kennedy la “Presidencia Imperial”. Virtual jefe de asesores, sobreestimó lo que él mismo llamó “el idealizado reino de Camelot”.

John F. Kennedy‎ no sólo fue un político mal informado, sino que jamás pensó en que los poderes reales lo fueran a rebasar, de tal modo, que iba a morir asesinado por una bala de pistola calibre .45, activada por su propio chofer, por órdenes de los que en verdad mandaban.

Ubicado en medio del cataclismo de la guerra fría, Kennedy nunca ejerció a plenitud el poder presidencial, ni se imaginó siquiera lo que era ser el Presidente de un país como México, en el que constitucionalmente es un semidiós, revestido de todas las facultades.

Lo mismo el constituyente James Madison, al que por primera vez se le ocurriera hablar de los pesos y contrafrenos del poder, pensando que “la ambición debe ponerse en juego para contrarrestar a la ambición”.
Madison buscaba implementar en la Constitución de Filadelfia las ideas frescas de Montesquieu, quien había elaborado una visión teórica certera del choque de atribuciones paralelas en una democracia.
Madison pensaba que al erigir dos instituciones, la Presidencia y el‎ Congreso, se crearían dos entes “independientes y contrapuestos, capaces de controlarse mutuamente para beneficio de la población”.
‎Echar encima del presidente de un país una cauda de funciones mastodónticas, ha llevado a México a la parálisis, no al funcionamiento cabal de esa institución.

Porque el autoritarismo se ensaña cada vez más

El Presidente de México es no sólo el legislador con derecho a iniciativas preferentes en el Congreso, sino el jefe del Gobierno, del Estado, de las fuerzas armadas de tierra, mar y aire, el primer priísta del país, el dueño del presupuesto y todo lo que usted se quiera imaginar.

Sin embargo, pese a todas esas funciones, somos un país despedazado, hecho trizas por mercaderes dedicados a socavar nuestras fuentes de identidad. A falta de gobierno o de un sistema político adecuado a los desafíos del presente, no podemos con los propios.

Presenciamos impávidos el imperio de la delincuencia sin freno, y aparte de todo, como si fuera maldición, medios de comunicación que elevan al nivel del paroxismo mensajes ridículos que envenenan el pensamiento popular.

Hemos descendido al último peldaño en competitividad, desarrollo y productividad internacional, tenemos una dependencia monoexportadora cuyos frutos no alcanzan ni para cubrir el déficit del gasto burocrático.
Estamos atados a generosas remesas ‎que envían los trabajadores expulsados al extranjero por un deficiente y miserable sistema económico sin dirección ni sentido.

Hemos claudicado en nuestra lucha democrática, en caso de que alguna vez la hayamos librado, sólo para recalcitrar el autoritarismo, que cada vez se ensaña más con los más vulnerables.

No tenemos proyectos de gran visión y tampoco de sobrevivencia en el mundo actual. La desintegración familiar, la pobreza y el desempleo, acompañadas por la crisis económica, política, de liderazgo, de partidos políticos y de seguridad, florecen en el desorden.

Sin diques legales y sin instituciones respetables, aquí priva la ley del más fuerte, la ley de la selva, del más corrupto o, peor, del más impune‎.
Hemos caído en la mafiocracia, donde las reglas no las impone el Estado, sino las organizaciones criminales que a diario ocupan todos los vacíos de poder.
Quien quiera ver en las atribuciones presidenciales la encarnación de un Leviathan superpoderoso, le decepcionará saber que este Estado se ha convertido en un‎ pobre sujeto cargado de pasivos patrimoniales y deudas con sus gobernados.

Los logros superiores de una organización política, consistentes en brindar bienestar económico, estabilidad política, seguridad en la convivencia y justicia individual y social, han derivado en solapar todo tipo de impunidades sin beneficio concreto a la Nación.
Impunidades que se asientan en relaciones familiares, intereses económicos, pertenencia a partidos políticos y desempeño de cargos públicos, divorcian la realidad legal con la realidad política y desintegran el cuerpo social.

Porque cada día estamos más lejos de un gobierno eficaz

Cada día estamos más lejos de los valores que deben conservarse para defender lo propio. De un gobierno eficaz que haga prevalecer los intereses superiores de la Nación y que, por lo contrario, exacerba los conflictos, perdiendo la brújula.

Las banderas de la transparencia y acceso a la información, la rendición de cuentas, la fiscalización del gasto público, que ha desplegado la clase dirigente, simbolizan deseos demagógicos y truncos.
Ninguno resiste la mínima prueba de una realidad dominada por poderes extralegales, influencias metaconstitucionales perniciosas y un desenfreno en la lucha por la instalación de dinastías, repartiéndose todo en unas cuantas familias.

No avizoramos en el horizonte, en el colmo de la impericia, ni un Estado de Derecho, ni corporativo, autoritario, ni populista. Estamos inmersos en la catatonia institucional, con estructuras de mando desmanteladas. Con dirigentes políticos que no saben nunca qué hacer.

Los diseños de proyectos populares, la cohesión nacional, la desintegración económica y política de las regiones, la pulverización de los renglones productivos que sustentaron en el pasado la viabilidad del país, hoy son sueños de opio.

Porque la tarea es eliminar el predominio del partido oficial

El país navega entre reyertas, escándalos mediáticos, acusaciones insustanciales, reparto voraz de botines lucrativos y despropósitos de gobiernos mediocres que tratan de disfrazar su ineficacia con distracciones de morbo político, mientras, a espaldas del pueblo, se negocian funestas decisiones.

La tarea impostergable es un sistema político mixto, donde la integración del Congreso refleje la decisión popular por limitar los linajes burocráticos, los excesos del patrimonialismo y la plutocracia en que se ha convertido el presidencialismo monocorde.

La primera y urgente tarea es rechazar el predominio de un partido oficial con mayoría en la Cámara de Diputados. El objetivo es impedir a toda costa que entre el PRI y el nefasto Verde se cocinen las decisiones que a todos nos atañen. Frenar que logren los 251 diputados que necesitan, aunque se alíen con los turquesas.

‎¡A quitarle el Congreso a Peña!

Porque, a juzgar por las encuestas publicadas hasta el día de hoy, el PRI cuenta con una intención de voto del 33% del electorado ‎potencial, y el Verde el 12%. Si estos números se mantienen así, no habrá forma de arrebatarles la mayoría en la Cámara, con las consecuencias por todos conocidas.

Seguirán chorreando al país con iniciativas de piojito como las “estructurales” que nadie ha podido explicar para qué carajos sirven, de no ser para secar la economía, hambrear a los mexicanos y detener todo esfuerzo en tres años.

‎Si salimos a votar –cuando el 70 % de los encuestados los últimos días han expresado que no creen en el manejo ni en los resultados electorales–, debemos tomar en cuenta que nuestro objetivo es equilibrar mejor el sentido de la votación.

Pensar con seriedad y sensatez en que ya es por demás el famoso “voto de confianza” y el de “segunda oportunidad”. Ni qué decir del “voto nulo” o de la abstención.
Todas estas zarandajas nos han llevado al borde del precipicio.

Hagamos algo, ya.
Para que ellos no hagan ya más daño: ¡Quítale el Congreso a Peña!
Índice Flamígero: El doctor en Derecho Samuel Hernández Apodaca (@iusfilosofo) recomienda Votar para Botarlos y, entre otras cosas, dice: “La permanencia en el poder de los priístas ha traído consecuencias desastrosas para varias generaciones: corrupción, desapariciones forzadas por razones políticas, asesinatos con el mismo fin, opacidad, crisis económica, pobre nivel educativo, deficiente sistema de salud, corrompible sistema de justicia, extrema pobreza, cuestionable sistema de pensiones, degradación de las instituciones públicas, desde luego se pueden sumar más. La permanencia del PRI en el poder hicieron una transformación importante en México, pues nuestro país pasó de ser uno pobre a uno miserable; ese donde las despensas, las láminas de cartón, las gorras, los vales para el cine, hasta las promesas incumplidas son un factor que les permite manipular su clientela. En algunos ayuntamientos como el de Guadalajara, incluso contrataron a sus promotores electorales en espacios como aseo público o parques y jardines, para compensar la “fidelidad al partido”, mimetizando así al reparte propaganda de empleado público. Por eso no es posible que México mantenga un Estado corrupto, un sistema que daña, retrasa y condena el futuro de generaciones. El señor Peña tuvo tres años para demostrar a los escépticos de su política, que era capaz de redirigir los destinos de este país a favor de los que menos tienen, pero lo único que hizo fue consolidar una nueva oligarquía política, la del Estado de México e Hidalgo. De ahí que sea una obligación ética y cívica de los mexicanos, dar un ejemplo a Peña y su sequito de neoliberales ineptos y corruptos. Un futuro mejor, es lo que merece este país, y eso sólo es posible con un cambio verdadero, que empieza redistribuyendo el ejercicio del poder político. Por eso este 7 de junio hay que salir a votar para botarlos #QuítaleElCongresoAPeña.” + + + Una buena, entre muchas malas: Cyntia López Castro, sin duda será una asambleísta priista aguerrida, propositiva y luchadora por los intereses de los vecinos de la delegación Cuauhtémoc. + + + Y una pregunta planteada por un observador inteligente: “¿Será que está preparando a Claudio X. González Jr. para que sea “El Bronco” del 2018? Su acusación a Emilio Chuayffet, a quien llamó “cobarde” parece ser el inicio de su precampaña.
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