ÍNDICE POLÍTICO: LOS TOLUQUITAS DEMOLIERON EL ESTADO

Publicado el Junio 18, 2015, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

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El filósofo Michelangelo Bovero, maestro de la escuela de Turín, siempre ha dicho: “Vivimos en regímenes políticos aparentes. No es suficiente la celebración de comicios para decir que hay democracia”. El espectro ilimitado de los poderes informales es un despropósito. Siempre elegimos a los peores.

Recomienda el filósofo que estemos atentos a lo que sucede en su país. Italia siempre está a la punta de la estampida. “Es un verdadero laboratorio político que se encuentra ‎frecuentemente a la vanguardia”. Bastan unos botones de muestra.

“Al inicio‎ del siglo XX produjo el fascismo”. Añade: “antes del final del milenio, como prefiguración grotesca del apocalipsis, inventamos un tipo de gobierno ‘plutocrático – demagógico – autoritario’, basado principalmente en la idiotización mediática de grandes masas de electores”.

El primer producto tuvo éxito, señala. El segundo puede considerarse “el modelo político degenerado que‎ he bautizado como kakistocracia, ‘el gobierno de los peores’, hacia el cual se encaminan las llamadas democracias reales”. Parece que estaba hablando de México.

‎Se refería al espeso período de Silvio Berlusconi, el empresario – político , manufacturado a base de televisión , dinero e idiotización colectiva. Una larga noche que apenas está superando la bota itálica. Bovero decía lo anterior, apenas en el año 2001. Es un profeta del futuro, ¿no cree usted?

‎”¿Y si los electores se dan cuenta de que eligieron a un incompetente, a un aprovechado, o incluso a un delincuente, o más modestamente a un incapaz? Si no hay procedimientos para corregirlo, ¡ Gran virtud la de la estabilidad!”, remata Bovero. ¿Dónde habré oído esto?

PRI y PAN, rejegos ante la Reforma del Estado

A partir de lo escuchado, es importante hablar del tema indeclinable: el Estado.‎ Dicen los estudiosos que normalmente todos los procesos para reformarlo, terminan “constitucionalizando el autoritarismo, no democratizando a los países”. Bien, pero para ello, es preciso que primero haya Estado.

‎En México, las fuerzas políticas resultantes de la primera sustitución del partido en el poder, durante el año 2000, no fueron capaces de pactar una reforma del Estado, ni siquiera la agenda para la discusión de sus temas y la consecuente negociación. Hubo enormes obstáculos para plantearlas. La oposición no pudo presionar y el PAN no quiso.
Nunca se dio la reforma al régimen de gobierno (ni un mínimo de obligaciones frente al Legislativo), aunque era más esperada que agua de mayo.‎ Sin embargo, en el “antiguo régimen priísta”, un pacto de transición a la democracia era visto como si fuera un anuncio de derrota anticipada. Estimulaba a los adversarios del sistema para “juntar las canicas” y combatirlo. Era un mal presagio.

Podía generar‎ suspicacias entre los electores de que, ante la inminente derrota del antiguo régimen, éste buscara protegerse. Esta postura fue suficiente para que sus “líderes de opinión” y corifeos desistieran del empeño.

Nadie quiso abandonar sus “zonas de confort” en el antiguo PRI. Gran error de sus estrategas. Parecían mariscales ingleses declarando con fuete y monóculo la victoria, ante un montón de cadáveres de sus ejércitos regados en el campo de batalla.

Los observadores amistoso$ del priismo concluyeron que era suficiente que hubiera elecciones libres y bien vigiladas para que sentara sus reales la democracia efectiva.‎ Después de que el contrario ganó, comprobaron que ahora eran los panistas quienes se negaban tajantemente a una reforma del Estado pactada.

¿Para qué compartir el poder ganado “legítimamente”?

La lucha por la transición se convirtió en un lugar común de excesos, petulancias y alharacas, en el cual los opositores al sistema dominante desplazado encontraban un espacio para medrar o para pontificar, a la sombra de cualquier miedo. Se erigieron muchos padres de la patria.

‎Se comprobó que los ” grandes teóricos”, que se refocilaban y atragantaban en el Grupo San Ángel, sólo iban por la foto, los estipendios, las canonjías y los placeres culinarios y báquicos que ofrecía gratis el gobierno, a cambio de no “tocarlo” ni con su aliento.

Se pasó por alto la oportunidad para cambiar correlaciones de fuerzas, controles autoritarios del poder, arbitrios irresponsables y establecer condiciones y consecuencias para reformas institucionales que hicieran posible la gobernabilidad del Estado, buscada por todos. Fue un herradero.

Los dos presidentes panistas que entraron a la casa de Doña Leonor, fijaron sus prioridades, y como es práctica de El Sistema, todos los actores políticos las hicieron suyas. Por lo general eran caprichos a modo para sus negocios, los de la familia, los de la pareja, los de los hijos de la pareja o los de sus compañeros de parranda electoral.

La pregunta básica siempre fue: ¿Para qué compartir el poder, si lo hemos ganado ‎legítimamente?, decían los que estaban acomodados. ¿Para qué correr el riesgo de que la gente del Presidente se apodere del proceso de reforma constitucional en su beneficio?, se preguntaban los del régimen anterior que empujaban para sustituirlos.

‎El principio jurídico supremo del confort para los políticos de entonces, de uno y otro signo, parece que fue el tópico aldeano: “no busques, lo que no has perdido”. Se aprendieron dos o tres parrafitos de los libros de moda y salieron a buscar y asaltar improvisados, que de esos sobraban.

La parálisis total, disfrazada de Pacto por México

‎En efecto, por el lado de los políticos tradicionales, siempre opuestos a cualquier cambio que significara menguar su poder, prefirieron no poner a prueba a un Presidente que pudiera utilizar los medios para construir un poder plebiscitario –logrado con menos del 40% de votos efectivos– apoyado por reformas constitucionales y los sahumerios de los medios de comunicación a modo.

El sustrato de los miedos, era la posibilidad de fortalecer a cualquier Presidente de derecha, no fuera que, a través de las reformas constitucionales, privatizara la electricidad, el petróleo y el gas, y propusiera la reelección para sí mismo. ¡ Qué horror! ¡Nunca supieron qué tan cerca estaban!

‎Platicando con algunos de los actores de aquella comedia de birlibirloque, reconocen que nunca pensaron que diez años después pudieran haberse intentado aquellas voladas, se hubieran logrado reformas “estructurales” de una magnitud incalculable, y no hubiera ningún “resulto”.

Ni el gobierno impuso su voluntad, ni las oposiciones aseguraron un proyecto sólido para garantizar su porvenir político y se instaló la parálisis total, disfrazada de “Pacto por México”. La temida reforma fiscal fue un gran fracaso, sólo un buscapiés regresivo que causó inestabilidad y estanflación. La reforma educativa, un fiasco. Las reformas para privatizar electricidad y petróleo son hasta la fecha una quimera, que no trascienden la amenaza.

La inseguridad y la violencia campean en todo el país‎. Un beodo dio el escobazo al panal y acabó con cualquier posibilidad de arreglo. No obstante, el narcotráfico es la única actividad que crea empleo, genera dinero para el circulante y define la agenda del establishment en todos los terrenos operativos. En el peor escenario, la reforma del Estado es un dato histórico. Casi una anécdota bufa.

Lo urgente es saber si todavía hay Estado

‎La única agenda de “reformas del Estado” que interesa hoy es la que emerge de la misma crisis, fiscal, financiera, monetaria, económica y petrolera. Aún así, no hay para dónde. La respuesta de la realidad ha sido el recorte presupuestal involuntario, que se quiere combatir con una contabilidad “base cero” que a nadie convence por lo imposible que es para un régimen incapaz instrumentarla con tino y veracidad.

Hay demasiados pendientes en los apartados de la democracia gobernable, de los resultados en diversos sectores, como educativo, laboral, de seguridad, de productividad y competencia, de salud, de alimentación y ,en general, en todos los mínimos de bienestar que reclama la población para vivir en un sistema equitativo. Sin embargo eso ya no es lo prioritario, por imposible. Lo urgente es saber si a estas alturas todavía hay Estado.

Por lo que se refiere al régimen presidencialista, éste solito se ha disminuido. Si antes pensábamos en que reduciendo sus atribuciones legales se podía controlar, nos equivocamos. Si llegamos a pensar en acotarlo a través de ensanchar las facultades del Congreso, también. Los toluquitas nos demostraron que su absoluta incapacidad es suficiente para acabar con cualquier “torito” que les pongan enfrente. Son insaciables e incompetentes.

‎En un sistema como el mexicano, cuando el presidencialismo pierde sus atribuciones, sólo un dictador sería capaz de recuperarlas, a sangre y fuego. Ningún líder partidista, por más legítimo que sea su triunfo, volverá a ser un presidente completo, como lo fue cualquier antecesor de Peña Nieto. La investidura está “tocada”. Quedó demolido el cargo.

Ya no tendrá legitimidad, entendida ésta como el poder asumido y obedecido, sin más. De hoy en adelante cualquier decisión que se quiera tomar en el claustro de Los Pinos será inevitablemente cuestionada por cualquier responsable de operarla, por desconfianza en el castigo, y difícil de aceptar por los gobernados.

Analistas de diversas latitudes señalan que los resultados de las elecciones intermedias, son insuficientes para aterrizar las reformas “estructurales” en la segunda mitad del sexenio‎, ni alcanzan para tener mínimos niveles de gobernabilidad. Esto se acabó.

El poder perdió su aura. Su infalibilidad ya no es la misma . El supremo facilitador de lo imposible, el último de los negociadores en la escala de mando, ya no existe. El sistema presidencial está destruido. Para colmo, sin necesidad de reforma alguna del Constituyente permanente. ¡Qué tal!

Reformas innecesarias: el aparato político ya no existe

Estaba equivocado Michelangelo Bovero. Los mexicanos hemos respondido a nuestra manera sus preguntas, anticipada y eficazmente. Nada de bendita estabilidad ante un depredador incapaz. Inauguramos un modelo de solución a nuestros problemas, creando, como siempre, otro problema.

Más aún: el acomodo de los intereses en la arena política ha demostrado contundentemente que el sistema camina solito, Lavolpe dixit. Que no se necesitan líderes providenciales para ejercer la Presidencia ni para pastorear los propios y los opuestos en las bancadas. Sólo es cuestión de dinero.

‎Se adelgazaron todas las estructuras gubernamentales y el aparato quedo anoréxico, no a partir de un programa de reformas administrativas, sino por catástrofes económicas, magnificadas por incapacidad, falta de previsión y de conocimientos para conducirlas.

La población, desesperada, abandonó el país en busca de trabajo y pan. Con lo cual se aligero la carga de bienes y servicios que el Estado debía brindar. La televisión se encargó de asustar a los demás en otros rubros de la convivencia… y todos materialmente en el alambre.

No ha habido necesidad de modernizar los aparatos de procuración e impartición de justicia, pues no hay demasiada población que presione solicitando esos servicios. Con la justicia salvaje, impartida por sicarios en los caminos, en los pueblos y en las banquetas citadinas es más que suficiente. Es la ley de la selva y del dinero. ¿Qué más?

¿Confiarle al Congreso la conducción del Estado? ¿Con esos partidos corruptos y codiciosos? ¡Necesitaríamos estar locos de remate! ‎¿Delegar más atribuciones al Poder Judicial? ¿Con los ministros teledirigidos? Imposible.

‎Para qué queremos reformas, si el aparato político ya no existe. ¿Y el Presidente? Bien, gracias. Entonces, ¿para dónde nos hacemos?
En menos de tres años, el Estado ha quedado demolido.

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