Cuento Quincenal: Lo que hace el miedo @JoseCruz777

Publicado el Julio 11, 2015, Bajo Cuento, Autor Rucobo.

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Lo que hace el miedo
Cuento/vivencia
10 julio 2015

Corría el año 1970 aproximadamente, la vivencia se ubica en la mejor frontera de México, aunque con el afán de no provocar ni herir susceptibilidades, dejémoslo en la mejor frontera de Chihuahua. A la sazón contaba con la impúdica edad de 15 años, debido a mi constitución física, delgada esquina con esquelética., nada que ver con mi figura actual que es la antítesis total, y por haber practicado atletismo desde la tierna edad de 5 años, era sumamente veloz ganándome el sobrenombre de El Rayo.

Vivía y por ende me juntaba con la palomilla del barrio de La Pila, subdivisión del extenso y aguerrido barrio de La Chaveña, tengo recuerdos muy gratos de mi infancia-adolescencia acerca de amigos entrañables, ¿cómo olvidar a Jorge (Melquiades), Santos (El Antena), El Mocolís, El Marciano, El Chito, Menny Váldez, Alfredillo, Gil, El Mono, El Tisca, El Canelo, Chalo, El Perico, El Cachirulo, etc? Los últimos mencionados eran hermanos gemelos e indefectiblemente jugaban en equipos contrarios y comúnmente se mentaban la madre que por cierto evidentemente era la misma y se liaban a golpes.

Muy a destiempo, pido una encarecida disculpa a los directivos de la gloriosa escuela primaria Revolución, porque eramos una verdadera plaga para ellos, debido a que con suma frecuencia (diario) nos saltábamos la barda para jugar básquetbol en sus canchas. Jugábamos con buen nivel, pero si consideramos que vivíamos en la meca del deporte ráfaga en México, nuestro nivel de juego era notoriamente inferior a algunos trabucos que se formaban.

En alguna ocasión, nos inscribimos en el torneo municipal ¡de primera fuerza! Con el pomposo e intimidante nombre de “Los Astros”, cuando nos tocó jugar contra el equipo de la Carta Blanca donde entre otros figuraban nada menos que: Raúl Palma, Fernando Tiscareño y el Meme Sáenz (jugadores de la selección nacional), aquello fue una verdadera carnicería, no jugaron contra nosotros, jugaron con nosotros, pero eso será parte de otra historia.

Una vez ubicado el tiempo y el espacio, ubiquémonos ahora en el contexto, tan estrafalaria pandilla de La Pila, era de clase media, o bien media-baja, por lo que se deduce el dinero no sobraba, un buen día decidimos probar suerte como trabajadores agrícolas indocumentados, algunos ya habían hecho sus pininos en esa actividad y contaban con algo de experiencia.

Nos citamos a la 3:00 a.m para cruzar a el otro lado por el tenebroso Puente Negro (por donde pasa el ferrocarril) y estar en las primeras calles de El Paso Tx. entre las 4:30 a.m y 5:00 a.m, hora en que los capataces de ranchos cercanos elegían a los trabajadores.

Todo marchó según lo planeado y aproximadamente a las 3:45 a.m estábamos ya del lado norteamericano casi para abandonar las vías del tren, en una noche-madrugada bastante lóbrega, alguien, con razón o sin ella gritó ¡la migra! Y sin concierto alguno emprendimos la desesperada huida, empiezo a ganar velocidad, mis manos en posición de velocista, atenido además a mis tennis Converse en muy buen estado, recuerdo que pensé ¡pobre del Cachirulo lo van a agarrar!

Lo pensé debido a que El Cachis llevaba unos huaraches de hule de los llamados “pata de gallo”, además de que su larga melena (estilo Beatles) y su poca varonilidad, supuse sería presa fácil de los facinerosos agentes de migración. En mi caso, de por si era velocista pero el miedo hacía que incrementara mi marcha, veía venir las calles como si ellas fueran las que avanzaban en sentido contrario a una velocidad superlativa, mi constitución aerodinámica estaba perfectamente diseñada para escapar aún de los automotores. En eso, me percato de un insistente clap-clap-clap a un lado mio, hay una descarga de adrenalina, fuerzo la máquina y aplico el turbo a máximo rendimiento… sin embargo, el estremecedor clap-clap-clap persiste a mi costado derecho, me armo de valor y volteo hacia el lugar de donde procedía ese escalofriante clap-clap-clap.

¡Era el cachis, corriendo a la par conmigo! El perturbante sonido lo producían sus huaraches pata de gallo, iba corriendo a mi vertiginoso ritmo, con su melena que casi le cegaba la visión, su poco ortodoxo equipamiento, lo peor, con movimientos poco varoniles “de las de acá” (los brazos a un tiempo a un lado y hacia otro y las manos en posición de cachar granizo), nos escondimos en una iglesia católica cercana y al fin a la hora convenida nos reunimos todos los amigos en espera de ser escogidos para laborar en el fill (field, campo)., supongo que por nuestra edad no nos eligieron sino hasta las 6:30 a.m al no haber más, luego nos trasladaron en una van, los paseños pochos le llaman “el van” a los campos cercanos de Anthony N. M con tan mala suerte que al llegar al lugar de trabajo se supo que la odiosa migra andaba cerca, no pudiendo trabajar, en mi caso, mejor ¡Al cabo que ni quería!

Autor: José Cruz Pérez Rucobo

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