Venezuela y Argentina S.A., ¿qué pasará con la izquierda?

Publicado el Diciembre 8, 2015, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.

Jenaro Villamil
PROCESO
JENARO VILLAMIL
Las elecciones legislativas del pasado domingo 6 en Venezuela fueron rotundas: el chavismo y su heredero, el madurismo, perdieron la mayoría en el Congreso frente a una amplia coalición opositora denominada Mesa de la Unidad Democrática (MUD), que contó con el innegable apoyo de los medios internacionales y de las principales cadenas y medios privados de televisión.

Los opositores del MUD afirmaron haber ganado 112 del total de 167 escaños de la Asamblea Nacional que les daría la mayoría calificada para evitar nuevos decretos del presidente Maduro. Hasta la madrugada del lunes 7, el Consejo Nacional Electoral le otorgó 107 diputados a la oposición y 55 al oficialismo del Partido Socialista Unido de Venezuela. La oposición también ganó en 17 de los 23 estados, incluidos bastiones históricos del chavismo.

“Ganó la guerra económica”, afirmó Nicolás Maduro, para subrayar que su mandato ha vivido el acoso y la asfixia, y de paso evitar cualquier autocrítica a su errática conducción en el gobierno, a la represión a opositores y a la fragmentación que se aceleró en el partido oficial a la muerte de Hugo Chávez.

En términos estrictos, se inaugura un gobierno dividido en Venezuela: con una mayoría opositora en el Congreso y en las entidades. En sentido inverso, el caso es muy similar al panorama de Argentina tras las elecciones del 22 de noviembre: el kichnerismo pierde la presidencia de la República, concentra una mayoría en el Congreso y en las entidades, mientras que Mauricio Macri, del PRO y la coalición opositora de centro-derecha Cambiemos, ocupa la presidencia de la República y el gobierno federal.

Las elecciones en Venezuela concentraron la atención internacional porque se produjeron tras el primer giro electoral ocurrido en Argentina, donde culminan 12 años de kichnerismo y en medio de la actual crisis que vive el gobierno de Dilma Roussef en Brasil.

En Argentina, como en Venezuela, la izquierda en el gobierno se enfrascó en una guerra mediática con las principales televisoras y sus réplicas en medios impresos y radiofónicos. El resultado electoral en el caso argentino fue mucho más cerrado en la segunda vuelta de lo que pronosticaron la mayoría de los medios y sus encuestas (¿recuerdan el caso Peña Nieto en 2012?).

Macri le ganó a Daniel Scioli con menos de tres puntos de ventaja en lugar de los más de 10 puntos que le daban los sondeos. La derrota es innegable para el kichnerismo y pronostica una nueva recomposición en el peronismo y sus distintas variantes.

Macri cometió su primera pifia como presidente electo justo en relación con Venezuela. Promovió pedir la cláusula democrática del Mercosur para expulsar a Venezuela de esa alianza económica regional. A la prisa de Macri le correspondió un rotundo “no” de sus homólogos de Uruguay, Tabaré Vázquez, del gobernante Frente Amplio de izquierda, y de Brasil, Dilma Roussef.

Macri se vuelve la novedad y la apuesta a seguir para la nueva ola de políticos de la centro-derecha y la derecha empresarial de origen gerencial que aspira a formar en la región gobiernos al estilo de las Sociedades Anónimas: ex gerentes y empresarios de franquicias y trasnacionales que pretenden desplazar a los gobiernos de izquierda que están en franco agotamiento político tras más de una década de mandato.

Se trata de ganar por la vía electoral y ya no mediante los golpes militares que generaron dos décadas de oscuridad y represión en Argentina, Uruguay, Brasil, Chile, Venezuela y Bolivia.

Frente a esta nueva era de gobiernos S.A. (que en México ya vivimos con el ascenso y ostentoso derrumbe de Vicente Fox), la izquierda en los gobiernos de Sudamérica vive momentos de profunda crisis y replanteamiento. Sus innegables logros en el terreno social, en mitigar la brutal desigualdad, en la creación de una nueva clase media (que paradójicamente vota ahora por las opciones de centro-derecha), en la expansión de los derechos civiles, le está cobrando una factura o un voto de castigo frente a los otros expedientes no resueltos: la impunidad frente a los casos de corrupción, la falta de una cultura de rendición de cuentas, los excesos personalistas de los mandatarios y presidentas y la trampa que significó enfrascarse en las guerras mediáticas con las grandes corporaciones de la región.

Sólo en Uruguay, el Frente Amplio mantiene un claro consenso favorable, tras la salida de Pepe Mújica, quizá el expresidente más popular de toda la región, y el retorno de Tabaré Vázquez. El secreto uruguayo radica en la no prolongación continua del poder, aunque también padece el mismo fenómeno que otros gobiernos de izquierda: la falta de nuevos liderazgos jóvenes que compitan con los productos de la derecha S.A. que se promueven como opciones de gobierno a partir de una intensa mercadotecnia mediática.

¿Qué sucederá con estos gobiernos de centro-izquierda y con la tendencia hacia los gobiernos S.A.?

Hay cinco tendencias presentes:

1.-Empieza un nuevo ciclo político en Sudamérica. No se trata de darle el triunfo o el control absoluto a una sola fuerza. Al contrario. Hay una suerte de contrapesos y equilibrios muy frágiles que llevarán a disputas entre los Congresos y el Poder Ejecutivo. ¿Qué papel jugarán las Cortes constitucionales, tradicionalmente bastiones conservadores?

La sombra de los golpes militares ya no está presente. Ahora se trata de otro tipo de golpes: los mediáticos y con una clara orientación en la defensa de intereses corporativos.

2.-La lucha contra la corrupción y contra la impunidad no es una excentricidad sino una necesidad. El mal del sistema mexicano se ha expandido a Sudamérica. La corrupción es uno de los puntos centrales que genera un voto de castigo. Esta demanda se acentuará con gobiernos nuevos, de corte gerencial, un experimento que muestra ya en el caso de Enrique Peña Nieto los dos principales problemas: el abierto favoritismo a un grupo de empresarios y el enriquecimiento de una clase política anclada en el autoritarismo.

3.-La comunicación política se vuelve también una prioridad. Hubo un descuido claro de los gobiernos de Argentina, Venezuela y Brasil en esta materia. La comunicación política no es propaganda. Tampoco es el control informativo de los medios de recursos públicos para combatir a los monopolios privados. Es la construcción de un sistema democrático de medios públicos que no son propiedad de los gobernantes ni de los partidos. Es trascender la confrontación con los medios privados y aceptar ser cuestionados e investigados por la prensa. Algo muy difícil en sistemas políticos que vienen de décadas de dictaduras militares, de dictaduras de partido o de sistemas monolíticos.

4.-La creación de nuevos liderazgos. Los gobiernos de izquierda se anquilosaron y no generaron nuevos cuadros. El personalismo, el culto al líder que no se equivoca o la centralización del mando son los grandes problemas de las izquierdas en México, Argentina, Brasil, Venezuela, Bolivia, Chile y Uruguay. Peor aún cuando los nuevos liderazgos de la izquierda tratan de reproducir los mismos vicios de los jóvenes políticos de la derecha: la mercantilización de la política.

5.-Los ciudadanos en estos países ya son menos clientelas y más votantes inciertos, más audiencias deliberativas y menos espectadores pasivos. Con la excepción notable y terrible de México, en la mayoría de los países de América Latina no se pone en duda el resultado electoral no porque las prácticas fraudulentas no existan, sino porque el fraude y la compra y coacción del voto no constituyen el nudo del sistema. A Venezuela le dijeron dictadura en todos los sentidos, pero es claro que es un régimen que ha ido a las urnas con todos los errores y aciertos del sistema.

El sufragio efectivo reclama ciudadanos deliberativos. El debate más rico se está dando en las redes sociales y en las nuevas formas de comunicación horizontales y no en los medios tradicionales. Falta mucha información y sobra propaganda, pero si algo positivo trae este nuevo giro hacia la derecha en algunos países es que también hay ciudadanos más críticos y vigilantes, que difícilmente aceptarán retrocesos en los derechos ya ganados.

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