Cuento Quincenal: ¿Cuánto quiere por su esposa amigo? @JoseCruz777

Publicado el Diciembre 10, 2015, Bajo Cuento, Autor Rucobo.

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¿Cuánto quiere por su esposa amigo?
Historia ficticia aunque probable.
10 diciembre 2015

Esta es una historia cruda, descarnada como suele ser la vida misma. Quien se empeñe en los relatos rosas, con tramas de caramelo y finales dulces, donde el bueno triunfa y el malvado paga por sus fechorías, me temo que va a sufrir crueles desengaños al no ser apto para convivir en un mundo cada vez más deshumanizado, materialista, donde sólo el fuerte sobrevive.

He mencionado en ocasiones anteriores, la manifiesta desventaja que tienen los hombres que rehuyen la confrontación física con circunstanciales rivales. Eso puede deberse a múltiples motivos; un temperamento apacible, la falta de una imagen paterna fuerte, educación pacifista, demasiados mimos en la niñez, constitución endeble, simple cobardía… o tantos otros.

En lo personal, respeto profundamente a quienes deciden no involucrarse en una confrontación con otro ser humano, y si bien no soy partidario de la agresión, si lo soy de la defensa a ultranza, de mi persona y mi familia hasta las últimas consecuencias. Desde niño he aprendido que hay personas con las que no se puede razonar, que no entienden otro lenguaje que el de los puños o el de las armas.

Relato enseguida la historia de Agustín, joven médico recién casado con la también doctora Imelda. Se habían conocido desde la infancia debido a que los padres de ambos eran vecinos. Agustín era sólo dos años mayor que Imelda por lo que cursaba sus estudios con los mismos dos grados de distancia. La pareja estaba como dibujada, un típico bosquejo de cuento de hadas.

Él de 26 años y ella de 24, se vislumbraba un futuro prometedor, sólo había un pequeño detalle, a Imelda le hubiera gustado un poco más de ímpetu en Agustín, sus suaves maneras no despertaban el volcán en erupción que Imelda podría llegar a ser, pero, fuera de ese detalle su relación era bastante buena. Respetaban sus espacios, de vez en cuando él iba con sus amigos a presenciar un partido de fútbol y ella por su parte salía con sus amigas a tal o cual evento.

El padrino de Imelda, don Ernesto, era un importante hombre de negocios y empezó a planear la construcción de una clínica en un lugar algo alejado de la capital, un poco adentrado a la sierra donde sin embargo confluían varias comunidades, habiendo además mucha gente con dinero. Mandó elaborar un estudio de viabilidad económica y este arrojó datos que lo entusiasmaron. Para dirigir la clínica quien mejor que su bella ahijada y su talentoso aunque descafeinado marido.

Llega el tan esperado día de la inauguración, el negocio causó el impacto deseado, las modernas instalaciones y equipo médico, impresionaron positivamente a los invitados, todo pintaba a las mil maravillas sólo que… el medio social era algo agreste, intimidante, la exuberancia vegetal permeaba el temperamento violento de los habitantes de la zona.

Un día, de una lujosa camioneta negra bajó asistido por dos de sus pistoleros, el peligroso y temido Guadalupe Santillán, al que apodaban El Lobo, merced a su ferocidad, iba herido con un impacto de bala en un costado. Agustín presuroso lo atiende extrayendo la metralla del cuerpo, después de vendarlo, inocentemente intenta comunicarse con las autoridades para reportar el hecho de sangre, es impedido para hacerlo, un brazo musculoso le cuelga violentamente el teléfono y con voz grave le espeta, “No se le ocurra doctorcito”.

Todo se hubiera reducido a ese descortés acto, de no ser porque cuando Guadalupe y sus hombres se retiraban después de pagar generosamente el servicio recibido, llega Imelda, la que había ido a hacer unas consultas domiciliarias. Hubo un gran impacto mutuo entre Imelda y Guadalupe, él ya estaba informado de la espectacular belleza de la doctora, a su vez ella estaba sobreaviso de la tenebrosa fama de él.

Guadalupe Santillán, corpulento hombre de 45 años, acostumbrado a tomar cuanto deseaba, mirada profunda, cejas espesas y voz atronadora, causó un cúmulo de sensaciones en Imelda. Que diferencia de las delicadas manos de Agustín, que diferencia de modales, uno suave y reposado, el otro brutal y primitivo, ¡ahí se escribió la historia!

Guadalupe una vez repuesto de la herida, empieza un abierto galanteo hacia Imelda, Agustín lo sabe pero no tiene los tamaños para contener a Guadalupe, optando por irse del lugar, dejarlo todo. Ella, enigmáticamente se niega a seguirlo. En esas fechas se desarrolla la feria del pueblo y la pareja de médicos decide ir, se entera Guadalupe y se presenta de improviso, negros nubarrones presagiaban la tormenta.

Debido al alcohol o las drogas consumidas, con la mirada turbia, con el sigilo de un auténtico lobo que caza a su presa, se acerca Guadalupe a la pareja. Para que todo mundo escuche, le grita, “¿cuánto quiere por su esposa amigo?” Agustín enfurece pero inmediatamente después se acobarda, yéndose del lugar bajo la mirada de desaprobación y compasión de los concurrentes.

Agustín huyó del lugar, no de su destino. Su cuerpo fue encontrado días después torturado por manos criminales, todos saben quien ordenó ese asesinato, pero, prefieren guardar silencio, ¿qué fue de Imelda me dice? Sigue en la región, no ejerce ya su carrera como doctora. Cuando baja al poblado lo hace en una lujosa camioneta y acompañada de infaltables pistoleros, ¿es este un mundo justo? No, no lo es, ¡nunca lo ha sido!

Autor: José Cruz Pérez Rucobo

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