El Despertar

Publicado el Enero 10, 2016, Bajo Nacional, Opinión, Autor Soquito.

La felicidad y los políticos
Por: José Agustín Ortiz Pinchetti
LA JORNADA

José Agustín Ortiz Pinchetti

Característico de los primeros días de enero, además de las penurias económicas y los pronósticos pesimistas, es el torrente de felicitaciones. En el tema de la felicidad vale la pena filosofar un poco, porque en serio nos daría para un libro de 900 páginas. Se trata de un concepto evanescente como dirían los elegantes. Una de mis jóvenes amigas asocia la felicidad con el éxtasis, y cuando le pido un ejemplo se pone roja. Es un punto de vista discutible, yo prefiero una definición menos radical. Creo que es feliz una persona que logra vivir satisfecha 200 días del año. Es feliz por mayoría. Uno piensa que en México y en el Distrito Federal una satisfacción de 200 días debe ser muy rara. He leído para hacer este artículo un punto de vista biológico sobre la felicidad: actividad neural fluida, donde factores internos y externos estimulan el sistema límbico. Puedo traducirlo como la beatitud que se experimenta al fumar un puro y tomar anís para rematar un banquete.

En contra de todo cálculo México es uno de los países más felices del planeta, ocupa un honroso 14 lugar entre 158. Sólo le ganan los extremadamente fríos, donde muy pocos mexicanos escogerían para vivir: Suiza, Islandia, Suecia, Finlandia etcétera. Y no me lo van a creer, entre nuestras entidades federativas es el Distrito Federal la de mayor satisfacción de vida y en ella la delegación más feliz: Coyoacán, y la región más dichosa: el Bosque de Chapultepec. Los grandes pensadores se rompen la cabeza para explicar la inexplicable felicidad de los mexicanos. Unos suponen que es por nuestra inclinación a las fiestas y al relajo. Otros, prudentes, dicen que no existe correlación entre los indicadores objetivos de bienestar y los criterios subjetivos para autocalificarse. Somos demasiado benignos con nosotros mismos.

Es interesante determinar cuál de los gremios es el más feliz. Uno eliminaría a los políticos porque provocan a la vez el mayor desprecio y envidia. Hay que irse con cuidado porque la casta política es la más vieja del mundo y sus adherentes se apegan a su ejercicio, a pesar de la mala fama y los altibajos. Muchos amigos políticos dan carácter momentáneo a su felicidad. Son intensamente felices cuando están en la cresta de la ola y terriblemente desdichados cuando están en la banca. Todos dicen que están felices por “ejercer un servicio al pueblo”. A muy pocos se les puede creer. Lo cierto es que quien ha probado en este país la experiencia del poder y de su parafernalia no renuncia a ella voluntariamente. Los políticos mexicanos se asemejan a quien ha sido picado por una serpiente y ha sobrevivido (el que recibió la picadura, no la serpiente): nunca dejará de tener ese venenillo en la sangre.

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