Cuento Quincenal: El primer terrorista mexicano @JoseCruz777

Publicado el Julio 10, 2016, Bajo Cuento, Autor Rucobo.

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El primer terrorista mexicano
Cuento/vivencia
10 julio 2016

Sí, pude pasar a la historia, a la posteridad, como el niño -doce años- que atentó contra la vida del presidente de EUA.
Imaginen ustedes la responsabilidad que implica haber sido el precursor de los ataques 34 años antes, del fatídico “9-11” -ataques terroristas en las torres gemelas de Nueva York-. Narraré la historia esperando no llegue al conocimiento del Servicio Secreto de USA, encargado de la seguridad del presidente de aquel violento país, solicito el máximo de discreción.

Cómo se dieron los hechos, aquí la historia: Corría el año de 1967, dos semanas previas a la visita de Lyndon B. Johnson a nuestro país -específicamente Cd. Juárez- para hacer la entrega física de El Chamizal a México. Dicha entrega tendría verificativo el 28 de octubre de 1967. ¿Lo hacían porque tenían remordimientos de habernos robado la mitad del territorio en 1848? Nada de eso, fue debido a que el Río Bravo había cambiado su curso y como el mencionado río delimita la frontera, se vieron precisados a hacerlo, ellos, son muy celosos de su territorio -por más mal habido que sea-, no cediendo ni un milímetro del mismo.

Entremos más en escabrosos detalles, estudiaba para técnico en radio y televisión en el instituto Edison y contaba con tiernos 12 años de edad cuando se dio aquella visita presidencial mencionada, y el gobierno municipal echó mano de las diferentes escuelas de la localidad, para hacer una valla humana de algunos kilómetros de longitud -en las dos aceras-, por donde habrían de pasar los mandatarios.

La valla era mixta, es decir una niña y un niño sucesivamente tomados de la mano, aquí es donde viene lo truculento. Por designios del destino me tocó en un sector donde se angosta mucho la amplia Av. De las Américas, cerca del puente de Córdova, me emocionó el saber cuan cerca habrían de pasar los personajes binacionales. Recuerdo que hacía un sofocante calor, propio de la geografía chihuahuense donde predomina el semidesierto.

Nos trasladaron a ese sitio desde las 9:00 a.m y los susodichos pasaron hasta la 1:00 p.m, una hora antes nos entregaron a cada integrante de la valla un puño generoso de papel de china cortado en cuadros de aproximadamente cuatro centímetros de largo y de diferentes colores, para, una vez que pasara la comitiva, les arrojáramos el papel, este se extendiera y resultara más lucido el momento, como buen pueblo patriotero que somos.

La mayoría de los compañeros dejaron prudentemente sus montoncitos de papel a un lado, yo indebidamente lo conservé en mis manos y con el sudor propio de las altas temperaturas mencionadas, aumentado por mi constante fricción, se fue formando un voluminoso mazacote. En mi inconsciencia supuse que al arrojarlo, este se separaría en el aire, craso error de cálculo. Llega pues el momento esperado, se ven venir a lo lejos la limusina descapotada, los dignatarios -Gustavo Díaz Ordaz y Lyndon B. Johnson- con una gran sonrisa rayando en la santidad.

Llamó mi atención, el gran despliegue de los cuerpos de seguridad de los presidentes, por un lado, los insufribles y altaneros del Estado Mayor Presidencial, cabello de cepillo, morenos y prepotentes. Por el otro lado, los agentes del Servicio Secreto estadounidense, altos, rubios, de traje corriendo a un lado de la limusina tocándola ligeramente -estilo película de Hollywood-. Las emociones se agolpan, sabiendo que estábamos siendo testigos de la historia.

En el clímax del entusiasmo, al tener a Lyndon B. Johnson a sólo unos metros de distancia y al grito de, “Viva México”, le arrojo mi mazacote de papel, con terror descubrí que el imprudente proyectil nunca abrió y pasó a escasos del en apariencia bonachón gringo. Recordemos que sólo cuatro años antes John F. Kennedy había sido abatido en Dallas Tx. y se notaba un ambiente de psicosis en lo relacionado con la seguridad.

Un punto a mi favor consistió en mi tradicional mala puntería -dato corroborable con mis compañeros basquetbolistas-, de no ser por ello impacto en plena jeta al líder norteamericano, sepa Dios que hubiera pasado, confusión, caos, ¿y si me hubiesen capturado? ¿En qué país se me juzgaría? ¿Bajo qué cargos? Hubiera tenido mis quince minutos de fama, si, pero a qué precio.

Guardé ese bochornoso episodio en el baúl de los recuerdos, en lo más profundo de mi inconsciente. Mi madre nunca lo supo, ella tan admiradora del “American way of life”, de la cultura norteamericana, de sus tiendas, de su crédito en la Mueblería Union de El Paso Tx., de sus compras en la J.C Penny, en la farmacia El Kress. Tener un hijo terrorista la hubiese abatido, y mínimo me hubiese puesto una mad… nodriza.

Autor José Cruz Pérez Rucobo

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