Cuento Quincenal: Juntaron sus soledades @JoseCruz777

Publicado el Julio 28, 2016, Bajo Cuento, Autor Rucobo.

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Juntaron sus soledades
Género Cuento corto
28 julio 2016

La dinámica social tiende a considerar que el amor es, o debe ser coto exclusivo de los jóvenes, excluyendo a las personas de edad madura del goce natural de esa práctica. Es cierto, retratan mejor las personas de corta edad, pero eso no nulifica el derecho de los mayores. No debemos condenar a la soledad a un hombre o mujer de sesenta y más años, porque, nosotros pensamos “Que no se ve bien” que esos seres inicien una nueva relación de pareja.

La historia de Remigio; eran los principios de los setentas, el entonces joven Remigio era un vital jugador de básquetbol, motociclista y practicante de varios deportes más, limpio y bien parecido su éxito con las chicas era un poco mayor que el estándar. Le rendía su sueldo como trabajador de maquiladora por estar alejado de todo tipo de vicios, aún de los socialmente aceptados, de esa manera podía invitarlas al cine o a bailar.

Su orgullo era de tener de novia a la más bonita, cuidaba con esmero de su apariencia física y de que su auto o motocicleta funcionaran a la perfección además de traerlas impecablemente relucientes. El domingo por la tarde iba por su novia y pasaba la tarde con ella, con inagotables temas de conversación, con grandes planes. Remigio a la primera que conquistaba era a la mamá de la muchacha, quien con su sexto, séptimo u octavo sentido, veían en Remigio a un tipo confiable, con porvenir, muy dentro de sus aspiraciones para su hija.

Rondaba los 23 años, cuando conoce a Laura, una joven de 18 años, muy bella y con un toque sensual que habría de ser fatalmente perjudicial con el paso del tiempo. Tienen un corto noviazgo y Remigio -clásico- sentía que le faltaba el aire cuando no la veía -ni falta el aire ni nada, son tonterías-, la madre de Laura le aconseja que no lo deje escapar y ella así lo hizo. Llegaron al altar de forma precipitada, sin conocerse a fondo, sólo superficialmente.

Tuvieron, producto de su amor -mucho más pronunciado en Remigio- dos preciosas niñas. Remigio se abandonó un poco físicamente, todo su empeño era ganar suficiente para pagar el elevado nivel de vida de su familia. Ocasionalmente se percató de la molestia que generaba en Laura por la flacidez de sus antes fuertes músculos. Laura cada día era más bonita, asistía a un exclusivo gimnasio, fue ahí precisamente donde conoció a… el nombre no importa, como fue él, pudo ser cualquiera, Laura estaba a punto.

¿Ya lo sospechó? Así fue, Laura abandonó a Remigio y a sus pequeñas de diez y ocho años respectivamente. A sus 33 años, Laura tomó la decisión más importante de su vida. Remigio de 38 años, sintió que la vida no le importaba, pensó en el suicidio, pero, la mirada límpida de las niñas lo hizo desistir de sus planes y con renovados bríos trabajo en forma frenética para satisfacer todo tipo de deseo que tuvieran sus hijas. No volvió a casarse, salía con mujeres sólo en forma ocasional, se refugió en su dolor y en su amor paternal. De Laura no supo más nada.

La historia de Delia; a mediados de los setentas, Delia recién llegaba a la gran ciudad, provenía de un simpático pueblo enclavado en la sierra chihuahuense. Era una pequeña y vivaracha niña de doce años cuando tuvo su primer enamoramiento, el afortunado era un vecino un tanto distante de veinte años llamado Remigio, él que con su cabello largo, sus motocicletas y chamarras de piel, tenía impactada a Delia. Las madres de ambos veían con simpatía el arrobamiento de Delia, Remigio nunca se dio cuenta de la situación, sus amistades eran mayores que aquella chiquilla.

Cuando Delia -ya de 17 años- supo que Remigio se casaba, sufrió una gran desilusión, siempre albergó la esperanza de que su amado -en secreto- Remigio se fijara en ella. Pasan los años y Delia conoce a Elisandro, lo que más le llamó la atención de él, fue encontrarle cierto parecido con su amor platónico. Había un inconveniente adicional, Elisandro a diferencia de Remigio tomaba alcohol y tenía amistades poco recomendables, con negocios lucrativos pero… peligrosos.

Aquí no hubo matrimonio, Elisandro le propone que se vaya con él y Delia acepta, tienen tres hijos una niña y dos varones, Delia prontamente le deja de interesar a Elisandro llevando una vida de privaciones, malos tratos y todo tipo de vejaciones. A los 40 años Delia consigue al fin su liberación, Elisandro muere de una sobredosis de heroína, consumido en cuerpo y alma. A estas alturas, su muerte fue el único bien que le podía dar a Delia, quien sentía su vida deshecha.

Pasan los años, Remigio ya de 62 años es casi célibe, dedicado a sus hijas, convertidas en exitosas profesionistas, haciéndolo abuelo en repetidas ocasiones. Delia por su lado con 54 años a cuestas, es completamente célibe, ha salido adelante trabajando y con el valioso apoyo de sus tres excelentes hijos que la aman, también a ella la han hecho abuela abundantemente.

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El destino juega un papel importante en nuestras vidas y decide propiciar el encuentro, en una reunión social con amigos de amigos -no pertenecían al mismo círculo social- coinciden. Al reconocerlo a Delia se le doblan las corvas, ¡si es él! Y audazmente tiene un acercamiento con Remigio, no sabe de donde proviene el impulso, le dice, “Yo soy aquella chiquilla de la amiga de tu mamá, cuando vivíamos por tales calles ¿te acuerdas?” La nebulosa en la mente de Remigio se empieza a despejar y finalmente recuerda, “Ah si como no, recuerdo a tu mamá, pero tu eras delgadita como fideo”, ríen, se lían en una conversación interminable, se cuentan su historia, se pasan las horas, la reunión termina y remigio lleva a Delia a su casa.

Ese fue el comienzo, el final es predecible, con la férrea oposición de los hijos y nietos de ambos, no importándoles más nada, “Juntaron sus soledades”. No hay moraleja en esta historia, la vida da pocas segundas oportunidades y es de necios dejarlas ir. ¿Hicieron bien Delia y Remigio? ¡A quién le importa! Fueron por su felicidad mutua, los demás -incluyéndonos lectores y autor-, “Que digan misa”.

Autor: José Cruz Pérez Rucobo

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