La UNAM tras las rejas

Publicado el Julio 16, 2017, Bajo Columna de opinión, Autor LluviadeCafe.


CONTRALINEA
Zósimo Camacho
No se trata solamente de rejas. En algunas facultades se avanza en la instalación de torniquetes a los que sólo se podrá acceder en un futuro muy próximo con credenciales. Es decir, la Universidad pedirá documentos para ingresar a cada una de sus áreas. Hoy (lamentablemente) esto ya ocurre en el caso de institutos al interior del campus y en instalaciones de todo tipo (académicas, administrativas o de investigación) fuera de Ciudad Universitaria.

Fueron avanzando poco a poco. Lo que se pretende ahora es que todas las facultades, escuelas y colegios al interior del casco impidan el libre tránsito de universitarios y de la población en general.

El caso no es menor. Se trata de un remache más, totalmente necesario, para el modelo de universidad que se le impone a la UNAM: cerrado, elitista, ajeno a la realidad social del país y del mundo; lejos de los problemas de la ciudad y nacionales; ajeno a las demandas políticas y de justicia social; excluyente de obreros, campesinos y de toda la mano de obra barata que genera el fracasado y agonizante sistema económico imperante. Se avanza en el regreso a un modelo de universidad porfiriana y se rechaza el de puertas abiertas a la sociedad, al pueblo, y que hizo posible la autonomía universitaria, el 68 y que como ningún otro proyecto pacífico promovió la movilidad y la justicia social, impulsó las libertades políticas y la educación masiva. Todo, sin dejar de ser el epicentro cultural y científico más importante de México e Iberoamérica.

Las rejas, los torniquetes, los muros no son para proveer “seguridad”. Son para controlar y aislar a estudiantes, académicos y trabajadores. Son para revertir el ambiente de libertad que, a pesar de contar con una forma de gobierno anquilosada y profundamente autoritaria, se respira en los espacios universitarios. Son para cerrar la pinza que inicia con los exámenes de admisión, donde llevan ventaja los alumnos cuyas familias pueden pagar caros cursos de preparación en los que tienen acceso a las preguntas que les harán en las pruebas de ingreso.

Un siguiente paso será cerrar totalmente el campus a la circulación de automóviles. Ya empezaron con los taxis. ¿Por qué los taxistas son discriminados en Ciudad Universitaria y nadie dice nada? Resulta que los taxis no pueden ingresar al campus “si no van con pasaje”. Y eso se justifica como “medida de seguridad”. ¿Qué pruebas existen contra los taxistas? En realidad, esta absurda medida sólo busca, además de controlar a quienes ingresan, beneficiar a otros taxistas (bandera amarilla) que con la anuencia de las autoridades hacen bases y tienen una ilegal “exclusividad” al interior de Ciudad Universitaria. ¿Cuánto pagan estos taxistas de bandera amarilla y a quién? Muchos ni siquiera cuentan con revista ni con placas para taxi y, por cierto, algunos de sus paraderos se encuentran en las zonas con mayor venta de drogas.

Si Enrique Graue Wiechers quiere resolver realmente el problema de inseguridad, que empiece por transparentar su rectorado y por investigar a su antecesor, el supuesto presidenciable (¿se la creerá?) José Narro. Durante el periodo del priísta y peñanietista Narro (2007-2015) crecieron como nunca los grupos de narcomenudistas y porros que se utilizaron primero contra los estudiantes organizados y ahora, más violentos, para justificar las medidas autoritarias en marcha.

Le tenían pavor y odio. Empresarios, oligarcas y el naciente régimen “revolucionario” urdieron el asesinato del general Francisco Villa. Sabían que era cuestión de tiempo para que otra vez se levantara en armas. La “Revolución” en el poder, desde entonces, había traicionado toda promesa de hacer cambios profundos en beneficio de los campesinos y trabajadores. Por eso los rumores de una subversión encabezada por el general eran fundados.

Pancho Villa estuvo al frente del ejército popular, guerrillero, más grande que ha visto América Latina: la División del Norte, formada por campesinos, peones de ranchos, amansadores de caballos. Llegó a contar con 20 cuerpos militares comandados por un Estado Mayor: 16 brigadas, un cuerpo de tercios de infantería, una fracción, una artillería divisionaria y los Dorados (una fuerza especial al mando directo de Villa).

Los pueblos de México le rinden homenaje en cientos de corridos que se cantan hoy en día y en las consignas que se gritan en las protestas. El sentimiento popular le canta a Villa estrofas de amor como éstas: “Canten jilgueros y cenzontles sin cesar/ y que sus trinos se oigan en la serranía/ y cuando vuelen bajo el cielo de Parral/ lloren conmigo por el gran Francisco Villa”; o “Yo soy nacido en la sierra de Chihuahua/ soy el soldado más fiel del batallón./ Viva, Villa; que vivan sus Dorados/ y que viva la Revolución”; y, entre muchos otros: “Sólo uno fue/ que no ha olvidado/ y a su sepulcro una oración va a murmurar;/ amigo fiel, fue buen soldado,/ grabó en su tumba: ‘estoy presente, general’”.

Y también con frustración, por su partida, se le espeta: “Oye tú, Francisco Villa,/ qué dice tu corazón./ ¿Ya no te acuerdas, valiente,/ que atacaste Paredón?/ ¿Ya no te acuerdas, valiente,/ que tomaste a Torreón?”. Y en las consignas de las protestas callejeras: “Si Zapata viviera,/ con nosotros estuviera;/ si Villa viviera,/ en su madre les pusiera”.

Fue asesinado a traición el 20 de julio de 1923. A 94 años de su asesinato, el pueblo sigue gritando: “¡Viva Villa, cabrones!”.

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