Frida Kahlo. La historia de una vida llena de dolor brillantemente relatada

Publicado el Julio 22, 2017, Bajo cultura, Autor Gargamela.

La terrible historia de la artista mexicana Frida Kahlo, a 110 años de su nacimiento. El escritor francés André Breton lo describió mejor que nadie: “El arte de Frida Kahlo es una cinta alrededor de una bomba”.

(Un 6 de julio, pero de 1907, nacía la artista mexicana Frida Kahlo. Acá, su historia)

PALOMA SIN PAZ

Frida estaba destinada a brillar como diamante: sus padres, Guillermo Kahlo y Matilde Calderón, se conocieron en una joyería llamada La Perla.

Ella nació el 6 de julio de 1907 en Coyoacán, México, y aprendió muy rápido que algunos pecados son deliciosos: en la infancia, durante las clases de catecismo, Frida le corría la cara a la hostia para escaparse y saborear los frutos que robaba en los huertos ajenos. Después le contaba las travesuras a su amiga imaginaria. Aunque eso no era lo único que le contaba. También le confesaba que ocasionalmente sentía ganas de vomitar: a veces, su madre le mostraba cómo ahogaba a las ratas del sótano en un barril.

No obstante, ella misma sufrió el agua a los ocho años: una tarde en la que andaba caminando por los bosques de Chapultepec tropezó con la raíz de un árbol, los médicos le diagnosticaron poliomielitis y estuvo meses inundándose los pies con agua de nogal. Cuando se repuso, los mares salieron de adentro de ella. Por tener una pierna más larga y más delgada que la otra, sus compañeritos de colegio empezaron a llamarla “Pata de palo”. A la tristeza, Frida le sumó furia: las voces injuriosas de sus pares hicieron que ella se mordiera el labio inferior hasta sangrar.

Los desprecios terminaron cuando ingresó a la Escuela Preparatoria Nacional, a los 15 años. Como los estudios teóricos solían dormirle los ojos, se dedicó a los ejercicios prácticos: enjabonó los pasillos de la institución para que los adultos se resbalaran, robó libros de la biblioteca para venderlos y transformarlos en tortas, y hasta le colocó una bomba al filósofo Antonio Caso que provocó la renuncia del director del establecimiento.

De todos modos, la explosión más grande que escuchó en su vida fue tres veranos después, el 17 de septiembre de 1925, cuando un tranvía embistió al autobús que la trasladaba. En el accidente no hubo vidrio que eludiera su cuerpo. Un fierro le ingresó por el abdomen y le salió por el sexo, atravesándola de punta a punta. Un pasajero que llevaba una cajita con polvo de oro se la volcó sin querer al momento del impacto. La gente que la sacó del autobús lo supo al instante. Frida de dos colores tenía la sangre: rojo dolor y dorado arte.

Al escuchar la noticia, su madre se quedó muda, su padre se enfermó y una de sus hermanas cayó desmayada. Cuando Frida abandonó el hospital un mes más tarde, su cama y el corsé de yeso la encadenaron al aburrimiento. La mejor idea que tuvo su familia en toda su vida fue colocarle un espejo en el techo de la habitación para que al menos pudiese mirarse. Y Frida estuvo minutos y horas y días enteros mirando a Frida. Y comenzó a pintarla. Y así siguió. Y nunca más paró.

Aquellos primeros bocetos, además de ahorrarle bostezos y monotonías, sirvieron para que el artista Diego Rivera se interesara en ella: primero le pidió ver su pintura, y luego, su cintura. El elefante y la paloma, como fueron reconocidos después por sus contexturas físicas, se casaron el 21 de agosto de 1929. Frida dio el “sí” con el vestido de la criada india que limpiaba la casa, y se ve que le gustó, porque a partir de esa fecha comenzó a usar joyas, peinados con cinta y enaguas de diversos colores.

Al año siguiente quedó embarazada. Pero muy pronto tuvo que abortar y soportar. La secuencia se repitió en 1932, pero esta vez abortó y no soportó nada. Se puso loca, le pidió a los médicos que le mostraran el feto y dibujó numerosas veces a su hijo muerto porque las gotas de sus lágrimas desintegraban uno a uno los trabajos realizados.

Eso, sin embargo, fue muy poco. Muy poco a comparación del año 1934: Frida no sólo abortó por tercera vez, sino que también la operaron de apendicitis, le amputaron cinco falanges del pie derecho y encima su queridísimo esposo se confundió de Kahlo en plena noche y llenó de amor a su hermana Cristina.

Frida huyó de Diego, de Cristina y de México. Viajó a Estados Unidos, donde se hinchó la boca de besos y les convidó sus pulsaciones a hombres y a mujeres.

Cuando regresó a Coyoacán, León Trotski le tocó la puerta: en la Casa Azul que ella puso a disposición para él, el revolucionario ruso se dio maña para meterle cartitas de amor entre las hojas de los libros. Así, su esposa Natalia no podía sospechar nada. Pero la palabra nada, con un poquito se convierte en todo. Lo poquito que sospechó Natalia llevó a desarticular el juego amoroso entre Frida y Trotski, que pronto decidió hospedarse en otro lado.

El 21 de agosto de 1940, luego de que Pablo Picasso y Max Ernst elogiaran sus pinturas, entró en crisis al enterarse del asesinato de Trotski. Superó el drama sentimental poniéndose nuevamente los anillos de compromiso: el elegido fue otra vez Diego Rivera.

El problema que jamás pudo solucionar fue el de su columna. En 1944 los especialistas decidieron sustituirle el corsé de yeso por uno de acero. Ella se inyectó fuertes dosis de morfina para calmar el sufrimiento, ingirió sin parar bebidas alcohólicas y almorzó todo tipo de pastillas para suicidarse. Las tentativas nunca dieron resultado: Frida siempre se despertó para la cena.

Casi una década después realizó su primera y única exposición en su país. Los médicos le prohibieron asistir a la muestra porque estaba enferma. Pero en plena reunión apareció una cama. Una cama con patas pero también con manos: llevada por varias personas, acostada sobre las sábanas, Frida asistió al evento.

Ese mismo año le amputaron la pierna que se había atrofiado en la infancia. Fue la última vez que pasó por el quirófano. El 13 de julio de 1954 falleció a consecuencia de una embolia pulmonar. En las últimas palabras de su diario íntimo dejó escrita su despedida:

“Espero alegre la salida, y espero no volver jamás”.

A lo largo de su vida, Frida Kahlo soportó más de cuarenta corsés de diferentes texturas, sufrió más de treinta operaciones y padeció tres abortos espontáneos que le negaron lo que más deseaba: un hijo.

Cuando ella todavía estaba en la panza que la dio a luz, su padre Guillermo le eligió el nombre. Le puso Frida porque “Friede”, en alemán, significaba una palabra que a él siempre le había gustado mucho.

“Paz”.

ESCRITO POR SANTIAGO CAPRIATA

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