“Helena y yo nos celebrábamos como un cumpleaños”: Eduardo Galeano

Publicado el Julio 31, 2017, Bajo RELATO, Autor Gargamela.

(Desde Montevideo)
AL OTRO LADO DE LA ORILLA
Fue en 1976, en los albores de la última dictadura cívico militar argentina. Se conocieron en una quinta ubicada en Buenos Aires. Él figuraba en las listas negras de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), y ella tenía la cara marcada a fuego: la primera de las veinticinco balas que la Triple A había descargado años antes en el cuerpo de su esposo Rodolfo Ortega Peña, asesinado delante de sus ojos, le había rozado sin querer el labio. Él, Eduardo Galeano, se enamoró mientras la veía cenar. Ella, Helena Villagra, esa misma noche aceptó una partida de barajas y apostó a la suerte de una jugada cada garbanzo que le quedaba en la mesa. Perdió todo.

“El cuerpo mío había crecido para encontrarte, después de tanto caminar y caer y perderse por ahí. No el puerto, el mar: el lugar donde van a parar todos los ríos y donde navegan los buques y los barquitos”, escribe Galeano en su libro “Días y noches de amor y de guerra”. Y agrega, en referencia a esos tiempos del horror: “Helena y yo nos celebrábamos como un cumpleaños”.
Se casaron ese mismo año, y a partir de ahí él la mencionó en cada uno de los libros que publicó, en la dedicatoria o páginas más adentro. Además de haber sido su tercera esposa, Helena fue su lectora más fiel y su correctora más crítica. Todas las obras que él escribía las leían juntos unas doce veces antes de entregárselas al editor. Galeano corría por la casa con los textos en la mano para que ella no siguiera tachándole palabras. Después, claro, había recompensa: en el desayuno, Helena le contaba sus sueños durante la noche para que él los escribiese durante el día. Tanto soñaba ella y tan bien, que una mañana de octubre de 2011 “Los sueños de Helena” despertaron en las librerías.
Otra mañana pero de abril de 2015, Galeano se durmió a los 74 años luego de luchar casi una década contra un cáncer de pulmón, y nunca más abrió los ojos. Tras el funeral de su esposo, Helena entró a la casa que ambos compartían en el barrio de Malvín, en Montevideo, y se sacó los zapatos.
Estuvo casi un mes sin los zapatos.
Hasta que volvió, quiso, pudo, pisar de nuevo la calle.
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“Me mataste, pero vas a darte cuenta solo. Hay unos dibujitos en la entrada. Es por ésta, pero del lado de enfrente”, explica un kiosquero del barrio de Malvín. Habla en voz baja, para no despertar a la tardecita. En realidad la tardecita son las seis de la tarde de un día de semana, de un jueves, pero en Malvín no existen los días de semana, los jueves, las tardes, ni las mañanas. Malvín es siempre una tardecita de domingo. De siesta. No hay barullo. Duermen hasta los pájaros.
La casa donde vivía Galeano está a dos cuadras del kiosco que dijo que estaba situada del lado de enfrente. No es verdad: comparten la misma línea recta. La voz baja que erró en los cálculos podría ser también la voz de quienes aciertan: acá Galeano no es Galeano, ni siquiera es escritor, es un vecino más.
Sí es verdad que hay unos dibujitos en la entrada. Son tres pájaros pintados en la pared de arriba de una de las ventanas principales que, por supuesto, como los otros pájaros, también duermen. Si despertaran, cantarían felices: el jardín que se observa desde afuera es un enjambre de ramas y de hojas enmarañadas, millones de ramas y de hojas enmarañadas, revoltosas, bailanteras, como sacadas del núcleo de una selva africana.
“Lo conocía, sí, por supuesto. Una gran persona. Helena sigue viviendo ahí”, cuenta una almacenera que atiende solo a veinte metros de la casa.
Y se presume que Helena sigue viviendo ahí. Porque las persianas están subidas. Porque las luces están encendidas. Porque de pronto se escucha un ruido, el único ruido del barrio, que emerge desde el otro lado de la selva africana.
No es la voz de Helena.
Es un lamento en forma de canto.
En la casa de Galeano, a dos años de su muerte, su perro sigue llorando.
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Tres horas diarias caminaba él, sólo para sentarse. Iba desde Malvín hasta Ciudad Vieja viendo cómo las casas bajitas de su barrio, y luego las grandes de otro, y luego los edificios de otro más, ganaban altura mientras sus pies pisaban.
Era casi siempre un recorrido solitario, sin su compañera Helena, quien lo esperaba con la comida preparada, porque él sólo una vez había intentado cocinar algo, a carcajada irreversible del equipo completo de utensilios, vasos y platos.
En su café, en su mesa, en la silla que esperaba su caminata diaria, hoy brilla una lucecita que de vez en cuando deja sentar a otro cuerpo. Afuera, la calle Ituzaingó desemboca directamente en el Río de La Plata: en algún lugar debe desagotar toda la lluvia que el “Café Brasilero” sigue y seguirá llorando.
Enfrente del “Café Brasilero” adoptado por Galeano, segunda casa de Galeano, una rotisería llamada “Elena” mira desde el otro lado de la calle.
Esta es una Helena sin H, como la H. “Elena” no tiene esta mañana un solo cliente sentado en las mesas. Permanece vacía, silenciosa, muda, como esperando que la mano de él vuelva de otro de sus largos viajes.
Y por primera vez se confunda de orilla.
Y sin querer abra su puerta.
Y vea que los buques y los barquitos continúan ahí, en el mar y no en el puerto, todavía navegando.

ESCRITO POR SANTIAGO CAPRIATA

* Este texto está dedicado a mi amigo Rodrigo Fernández, compañero insustituible, observador de gran calibre, que descubrió este cartel de “Elena” mientras yo me despistaba por ahí.

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