El Nuevo Aeropuerto… Una primera consulta ciudadana nada fácil de enfrentar. Por Ernesto Sartorius.

Publicado el agosto 31, 2018, Bajo Columna de opinión, Uncategorized, Autor Molotov.

La promesa de campaña era clara: No al nuevo aeropuerto y construir dos pistas en Sta. Lucia.

También era claro que la decisión final se iba a someter a una consulta popular y ahora ha quedado claro que esto sucederá en octubre.

Ante esta disyuntiva se siente, entre los que se están involucrando en el proceso, una sensación que es extraña por la novedad del proceso y, posiblemente, porque estas nuevas formas de hacer política nos están enfrentando de manera bastante realista a la responsabilidad de una toma de decisión de gran envergadura. (Algunos hasta queremos ponernos en los zapatos del presidente electo y nos damos cuenta de que esté, y otros retos por venir, no serán nada fáciles de resolver).

Al mismo tiempo nos sentimos abrumados. Por un lado, está la opción casi obvia de evitar un evidente desastre ecológico y unos costos que bien pudieran ser igualmente desastrosos. El sentido común es optar por la naturaleza y descartar la idiotez tecnócrata de concebir la construcción de un aeropuerto sobre un lago.

Por el otro lado, el reto tecnológico de una construcción de estas dimensiones no deja de ser tentador. Los humanos somos una especie que se caracteriza por haber domado hasta las peores circunstancias que nos impone el entorno. El mismo principio que se esconde detrás de la civilización es el resultado de la lucha del hombre contra una naturaleza adversa.

Pero veamos la esencia de la disyuntiva por partes:

a) La perpetuación monumental.

Todo proyecto social requiere de monumentos que lo perpetúen. En el México
antiguo esos monumentos fueron las pirámides, durante la Colonia las pirámides se
sustituyeron por catedrales e iglesias de forma a veces tan evidente que se construían sobre
los monumentos de la cultura anterior. En el México independiente los periodos más
identificados con lo monumental fueron los que a la postre terminaron por satanizarse: un
Maximiliano construyendo el paseo de la Reforma, don Porfirio creando colonias
majestuosas y tirando la casa por la ventana para celebrar el centenario de la independencia
con grandes monumentos que son (quiérase o no) referencias primordiales de la ciudad de
México y la identidad nacional.

Durante todo el siglo XX varios presidentes realizaron proyectos de construcción a
través de los cuales se perpetuaron. Los Pinos y el Poli de Cárdenas, la Ciudad
Universitaria de Miguel Alemán, el Museo de Antropología de López Mateos y las
construcciones olímpicas de Diaz Ordaz.

Echeverría todavía tuvo su Colegio Militar y López Portillo el Palacio Legislativo
de San Lázaro, pero con el gran viraje del proyecto político nacional, los presidentes se quedaron con las ganas de poder construir obras monumentales y estas se convirtieron en
prerrogativa de la iniciativa privada.

La construcción de un nuevo aeropuerto en pleno lago de Texcoco para la ciudad de
México, primero con el intento de Fox quien se topó con la resistencia de los campesinos
de Atenco, y luego con el proyecto actual impulsado por Peña Nieto en prácticamente el
mismo sitio, en el fondo son el primer gran intento del proyecto neoliberal para construirse
un monumento perpetuador.

En este sentido el NAICM es particularmente simbólico ya que, al plantear la
construcción en un lago, el aeropuerto, al igual que el neoliberalismo, finalmente está
condenado a hundirse.

b) ¿Un “centro de conexión internacional” aeroportuario?

Todos los grandes aeropuertos del mundo, Atlanta, Beijing, Dubai, Tokyo, Los
Angeles, Chicago, Heathrow, Hong Kong, Shanghai, Charles de Gaule, etc., se caracterizan
por ser hubs o “centros de conexión internacional” aeroportuarios.

El aeropuerto internacional Benito Juárez de la Ciudad de México, ya es un centro
de conexión, pero por razones históricas un poco diferentes.

Desde el comienzo del gran proyecto de comunicación a través de los ferrocarriles
durante el Porfiriato, se perpetuó en México una especie de vocación centralista en fragante
contradicción con el federalismo político. En términos de la comunicación esto implicó que
todos los sistemas de transporte en nuestro país se conciben como un pulpo de múltiples
tentáculos cuyo cuerpo central se encuentra en la capital. Comenzó con el ferrocarril,
continuó con la red carretera cuyos kilómetros cero durante muchas décadas se
establecieron en el monumento a Cuauhtémoc ubicado en el crucero de Insurgentes y
Reforma, y finalmente se perpetuó en el tráfico aéreo en parte por necesidad, pero también
en parte por tradición, prácticamente todos los vuelos nacionales hacen escala en el Benito
Juárez. El intento de usar el aeropuerto de Toluca como alternativa hasta ahora no ha tenido
mucho éxito.

Paradójicamente la ciudad de México es la principal beneficiaria, pero también la
principal perjudicada por esta situación y la supuesta “necesidad” de tener un aeropuerto
más grande es un fiel reflejo del pulpo centralista de las comunicaciones mexicanas.

¿Cuál sería la alternativa? Muy simple: Obligar a las líneas aéreas que hagan más
vuelos nacionales directos, sin escalas y reorganizar el tráfico aéreo internacional de tal
forma que no todos los vuelos tengan como destino final a la ciudad de México
repartiéndolos entre varios otros aeropuertos como por ejemplo Monterrey, Guadalajara,
Cancún, Toluca y algún otro. Si ese esfuerzo se combina con una red terrestre de
intercomunicación ferroviaria, la necesidad de un nuevo aeropuerto sería casi nula.

La aspiración de que el aeropuerto de la ciudad de México pase de un nada modesto
lugar 44 a un rango más alto finalmente solo se justifica por ese delirio de grandeza que
comenzó a soñar López Portillo y perpetuaron todos los gobiernos neoliberales y es que
nuestro país finalmente se convierta y sea reconocido como gran potencia económica.

Amén de que un aeropuerto más grande no tendría demasiado peso en la valoración
económica de nuestro país, para bien o para mal ya formamos parte del grupo de los 20, ya somos miembros de la OECD (y el presidente de esa organización desde hace más de una
década es un mexicano). Somos la 15va economía del mundo de acuerdo con el PIB a solo
2 lugares de la distancia lógica por superficie (somos el 13vo país más extenso) y a 4
lugares de la distancia lógica por población (somos el 11vo país más poblado).

c) ¡Es demasiado tarde para cancelar el proyecto ya que lleva un avance de 31%, costaría 100’000 millones de pesos y podría tener un impacto negativo en los mercados financieros!

Ante esta exclamación aparentemente mayoritaria, solo me queda llorar. Es absolutamente ridículo anteponer el avance de una obra a todas luces inviable, catastrófica no solo para el entorno ecológico inmediato sino para todo el valle de la ciudad ya que afectaría seriamente sus características hidrológicas de tal forma que mas temprano que
tarde la ciudad de México moriría de sed.

Los que rayamos y rebasamos los 60 años y vivimos y crecimos en la ciudad de México quizá recordamos las espectaculares tolvaneras que azotaban la urbe durante toda la
temporada seca. Algunos quizá recordarán que la gran solución para este problema fue el proyecto Texcoco para la captación de aguas en el vaso regulador de aguas del Valle de
México iniciado en 1966 y cuyo elemento principal es el actual lago Nabor Carrillo (quien fue ingeniero y rector de la UNAM y principal impulsor del proyecto) que para poder operar el nuevo aeropuerto se tiene que volver a desecar.

Este lago artificial también volvió a atraer una gran cantidad de aves migratorias
que, de seguir existiendo, obviamente serían de gran peligro para el tráfico aéreo ya que
una que otra de estas aves podría causar no poco daño al cruzarse con alguna aeronave (ya
que al parecer esas aves son particularmente torpes y suicidas cuando de aviones y
aeropuertos se trata).

Claro que ni todas las aves migratorias sopesarían un único accidente aéreo.

Claro que ni toda la sed de los habitantes de la ciudad sopesarían las fantásticas cantidades
de dinero que terminarían en los bolsillos de unos cuantos mil millonarios y sus empresas.

Destaco tres puntos neurálgicos en contra de la lista de los pros y contras publicados por
López Obrador:
• Incremento del costo de construcción de 169 a 300 MMDP
• Costos de mantenimiento y operación sin determinar
• Retraso de 4 años en su construcción

Y el sentido común me dice que nada puede gritar corrupción de una forma más
perfecta y fuerte.

Si en cuatro años de retraso el costo de construcción ya prácticamente se duplicó,
los genios involucrados en el negocio harán todo por retrasar la obra aún más porque cada
retraso significa un incremento sustancial del costo de la obra…

Esa fórmula se ha probado y comprobado en miles de proyectos en todo el mundo.

Las duplicaciones, triplicaciones, o multiplicaciones más grandes son más que comunes y
siempre se justifican con argumentos tan insulsos como el tipo de cambio, imprevistos o
hasta cambios completos del proyecto de diseño… De lo único de lo que se trata es ganar
mucho dinero a costa del erario y perpetuar la deuda pública.

Cualquiera que posea un poco de sentido común podría apostar que los costos de
mantenimiento y operación superarán con creces los ingresos del TUA por lo que la
subvención gubernamental del aeropuerto se perpetuaría ad infinitum. Aquí probablemente
está el más grande de los gatos encerrados.

En suma, considerando los “posibles impactos ambientales negativos” y el mas que
posible enriquecimiento de unos pocos, el costo previsto de 100’000 millones de pesos para
cancelar el proyecto hasta nos sale barato.

Nuestros vecinos del norte usan una frase difícilmente traducible “Its a no brainer”
que significa algo así como que ni siquiera vale la pena considerarlo. Yo, en lo personal,
jamás votaría por continuar con la construcción del nuevo aeropuerto.

d) ¡El pueblo no es capaz de decidir! ¡Que lo decidan los técnicos!

Esta exclamación surgida, evidentemente, de la carga de responsabilidad que
sentimos dado el peso que tiene esta toma de decisión. Decir o pensarlo finalmente es el
gran dilema de la democracia y la modalidad democrática que tenemos prevé la
participación de todos.
Que AMLO haya optado justo por este proyecto y no por algún otro (como algunos
tanto critican) es una buena señal. En primer lugar, tener o no el aeropuerto finalmente
afecta a relativamente pocos mexicanos. De acuerdo a las cifras disponibles, el aeropuerto
mueve a poco más de 40 millones de pasajeros anuales. De estos un gran porcentaje son
pasajeros recurrentes que vuelan más de una vez al año y otra porción significativa son
turistas, por lo que probablemente no resulta exagerado afirmar que el aeropuerto da
servicio a un porcentaje de la población mucho menor al 10%.

Al resto ni les va ni les viene, pero si se verían seriamente afectados en el sentido de
que la construcción, operación y mantenimiento del nuevo aeropuerto está absorbiendo
recursos que seguramente podrían ser aprovechados mucho mejor en beneficio de ese 90%
de la población no usuaria.

Para solucionar este dilema, en algún momento, López Obrador planteó una tercera
opción que le pasaba la factura a los empresarios (quienes finalmente son los usuarios
recurrentes). Una opción que por alguna oscura razón ha quedado descartada.

Pero también cabe recordar que son justamente los técnicos los que están más
involucrados en el proyecto. El nuevo aeropuerto es su hijito predilecto y, aunque
finalmente resulte criminal y demoniaco, como buenos progenitores lo defenderán a capa y
espada.

Aunque hay uno que otro grupo de técnicos, sobre todo de universidades públicas,
que resalta los aspectos ecológicos técnicos negativos del proyecto, el gremio de los
técnicos en general terminaría por respaldar el proyecto, en primera instancia,
principalmente por la fascinación que ejerce el reto de la construcción más que por razones
económicas, ecológicas o sociales.

El bando contrario, los rudos, para usar la metáfora de la lucha libre, está
conformado por el resto de la población y, en el ring de la democracia, por lo menos en
teoría, participamos todos.

e) Lo perverso

Según un informe dado a conocer el 28 de agosto del 2018, por Alicia Bárcena,
directora ejecutiva de la CEPAL, “Durante el año pasado los recursos de los 10 mexicanos
más ricos equivalían a los ingresos de la mitad de los más pobres, lo que equivale a 60
millones de personas”. Varios de estos 10 más ricos tienen sus manos metidas en la
construcción del NAICM, muy destacadamente Fernando Romero, el realizador del
proyecto quien es yerno de Carlos Slim, el hombre más rico de México.

Un primer grupo de personajes que visitó AMLO recién ganadas las elecciones fue
el de los grandes empresarios. Estas visitas se repitieron y en algún momento
“mágicamente” desapareció la opción de que los empresarios financiaran el aeropuerto y el
sustituto más cercano que apareció en la convocatoria de la consulta fue que “el
financiamiento del NAICM estaba garantizado”, quienes son los financiadores es obvio,
igualmente resulta obvio quienes son los que finalmente pagarán los costos del nuevo
elefante blanco.

Si solo 10 mexicanos controlan la mitad de la riqueza nacional, no puedes gobernar
sin tenerlos contentos por lo menos en parte. Y al lidiar con ellos cualquier negociación y/o
concesión puede ser tanto beneficiosa, como tiro por la culata… ¿Habrá el suficiente
talento en el nuevo gobierno para convertir la afrenta contra la nación en una alianza para el
bien de la misma?

El aeropuerto solo es la punta del iceberg, un negocio colateral (igual como los
civiles muertos en una guerra también son solo colaterales). Los negocios reales para estos
señores son los recursos: la energía (que incluye el petróleo y los hidrocarburos), la minería
y, sobre todo, el agua.

Tanto la obtención de energía, los nuevos métodos extractivos como el fracking, y
la minería requieren de enormes cantidades de agua que paradójicamente es escasa donde
abundan los recursos. Para llevar el agua donde la necesitan es primordial hacerse de los
derechos del agua.

Y, ya que están en eso, el negocio más grande de agua en el país obviamente es la
ciudad de México. Para desgracia de los empresarios, hidrológicamente el agua en la
ciudad es abundante. Se podrían abastecer todas las necesidades de agua sin salir del valle,
captando la lluvia tanto en cisternas como rellenando el ahora sobreexplotado manto
freático.

El elemento clave para administrar la cuenca hidráulica del valle de México siempre
han sido los ríos que confluyen en el gran lago del valle de México cuyo remanente actual
es el vaso de Texcoco y el lago Nabor Carrillo.

El NAICM implica una interferencia seguramente irreparable y sumamente perversa
en la regulación hidrológica natural del valle de México.

La ciudad en buena medida tendría que ser abastecida desde afuera y nuestros
brillantes emprendedores que no tienen olfato para nada que no huela a dinero ya olieron el
negocio desde hace rato.

Se puede concebir tanta maldad… con creces. Para decirlo en el lenguaje popular,
esos individuos son capaces de vender a sus madres si con ello pueden ganar dinero.

f) El dos por uno

Otro de los puntos señalados en la convocatoria es el hecho de que al inaugurar el
nuevo aeropuerto se tiene que cerrar tanto el Benito Juárez como el de Sta. Lucia. Amén de
este pequeño y muy marginal detalle, algunas versiones también han manejado que
inicialmente el nuevo aeropuerto tendrá prácticamente la misma capacidad que el
aeropuerto viejo y que se irá expandiendo paulatinamente durante décadas (obviamente con
más costos implicados). Pero si se tiene que cerrar Sta. Lucia, la fuerza aérea se queda
chiflando en la loma. Está bien que solo los veamos cuando sobrevuelan el desfile del 16 de
septiembre, pero eso no quiere decir que el aeropuerto militar no se use. Y eso también
quiere decir que la fuerza aérea también necesitará otro aeropuerto que también va a costar
algo… y que posiblemente será construido por las mismas empresas involucradas en el
proyecto del NAICM.

Hasta ahora la fuerza aérea no se ha manifestado. Y no lo harán porque no es su
estilo. Llegado el momento se cuadrarán ante AMLO, pero de la misma forma también es
factible que AMLO se tenga que cuadrar ante ellos. De lo que se deduce que Sta. Lucía es
mejor opción que Texcoco, pero tampoco es una opción realmente viable.

g) ¿Y la opción 4?

Y he aquí mi dilema que me motivó a escribir sobre todo este embrollo:
Ni me gusta la opción del NAICM ni me gusta la opción de las dos pistas de Sta.
Lucia, por lo que me gustaría una tercera opción que es que no se construya ningún
aeropuerto. Esa, creo yo, al ser la opción más coherente, sería aquella por la que se
inclinaría la gran mayoría de los mexicanos.
Me pregunto porque esta opción se ha excluido.

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