#ColumnaRNR Por @LeguDaniel: Macario

Publicado el Diciembre 21, 2013, Bajo Columna de opinión, cultura, Derechos Humanos, Internacional, Nacional, Noticias, Política, Video, Autor @Sociologuito.

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Radio la Nueva República | Columna RNR
Daniel Leguízamo | @LeguDaniel diciembre 18 de 2013

Datos de la película: Macario (1960)
Director: Roberto Gavaldón
D. de fotografía: Gabriel Figueroa Macario:
Ignacio López Tarso Basado en una novela de: Bruno Traven.

“Cuando nacemos ya traemos nuestra muerte escondida en el hígado… o en el estómago o acá… en el corazón, y algún día va a parar. También puede estar fuera, sentada en algún árbol que todavía no crece, pero te va a caer encima cuando seas viejo”. Esas palabras resuenan en forma de voz en off dentro de la cabeza de Macario, recordando lo que el artesano de velas le dijo cuando le dejó la leña que corta para subsistir y mantener a sus hijos.

Ésta es la visión indígena de la muerte; una muerte que se encuentra constantemente a nuestro lado, que nos acompaña desde el primer momento en que vemos la luz, que habita en nuestras entrañas… en nuestro hígado, órgano relacionado con la muerte, con la regeneración, órgano que le cuelga del torso al dios azteca de la muerte Mictlantecuhtli, quien nos vigila, que espera pacientemente nuestro último día en la tierra, y que puede estar sentado en un árbol que aún no nace, para verlo morir junto con nosotros. Pero al final tenemos que regresar a nuestro origen, fusionarnos con la nada. Que nuestra muerte nos espere no es un martirio, es un recordatorio de que tenemos un tiempo limitado para esta vida y al mismo tiempo, para recordar a los que pasaron a nuestro lado, cuando aún fueron carne.

La historia está contada en un México lejano, con calles empedradas o llenas de tierra, con fiestas arraigadas en las venas calientes del pueblo, circulante por la gente de todos los estratos sociales: los más adinerados colocan ofrendas presumiendo sus riquezas, pueden regalar a sus muertos lo que ellos ya no quieren y sus muertos se pueden regocijar con esos alimentos. Son fiestas que se saborean al andar por las calles, se ven, se huelen; huelen a ocote, a cempasúchil, a pan de muerto, a azúcar. Es un México olvidado para muchos, arrasado por la globalización que se representa en el halloween, con sus máscaras de plástico y almas en pena. Aunque es un México vigente en sus diferencias sociales, de explotadores y una multitud de explotados, ambos, el de antes y el de ahora, son un pueblo con hambre.

Macario teme a la muerte, pero teme más al hambre, ambiciona comer, como si fuera un lujo. Sueña con comer, sueña que manipula calaveras en forma de marionetas que arrebatan de los adinerados la comida, pero pierde el control y no le dejan nada a él, las calaveras se lo comen todo. Para él es un lujo, es un deseo inalcanzable, mucho más difícil pensar en un guajolote entero, sólo para él, un guajolote que su esposa le consigue, y que intentará comérselo solo, sin darle a sus hijos, ni a su esposa, ni al diablo disfrazado de terrateniente, ni a Dios… tampoco a este Dios indio, tampoco a este Dios de los indios.

Macario es sabio, conectado con la naturaleza y las fuerzas mágicas que lo rodean, sabe que habla con el Diablo y con Dios, pero él tiene hambre, quiere algo para él, sólo para él, si no le dio a sus hijos menos va andar repartiendo a otros, la culpa lo hará regresar a compartirlo con su familia, con sus hijos que también anhelan comer.

Él es noble, es un héroe, no es el indio que se han esforzado en convenceros que vive en nuestro país, como elemento folclórico, vendedor de artesanías, ignorante ante la ciudad pero gracioso en su ignorancia, reacio al “progreso” y por lo tanto merecedor de vivir en esas condiciones marginales. Macario no es este indio, él es un héroe; noble, dadivoso, inteligente y valiente. Al final, después de negarse con el diablo y con Dios, comparte su guajolote, no por obligación sino por compasión, se compadece de la Muerte, tan demacrada… tan hambrienta.

Sin buscar recompensas es gratificado por su acción, la muerte le da el don de la vida, el podrá elegir entre la vida y la muerte, entre quién vive y quién muere, será el que reparta la salud por el mundo, en un mundo de contrastes; entre ricos y pobres, entre indios sometidos por la corona española y la Santa Inquisición, y ricos que podrán pagar lo que sea con tal de seguir en este mundo. Se verá como pocas veces a un indio: con poder, con el poder de la vida y de la muerte.

Él es un recuerdo que se esfuma en la conciencia del mexicano: los indígenas ya no son héroes, ya no conocen el monte, la naturaleza, la vida y la muerte, ahora son personas fuera de su ambiente que sólo sirven como chiste mediático para exhibirse en museos o en boutiques.

La lente de Gabriel Figueroa retrata a un mundo perdido ya en los recuerdos, lleno de rebozos, huaraches, sombreros de palma y calaveras de dulce, con el rostro duro y casi inexpresivo de Ignacio López Tarso ante las dificultades y los encuentros entre la vida y la muerte, retratando amplios espacios. Muestra los castillos de los nobles, para que podamos ver los lujos en los que vivían, y retrata con amplias tomas abiertas el mundo rural indígena, en sus bosques, y con tomas cerradas muy íntimas a sus casas.

La historia es una mirada tierna y a la vez fuerte hacia las dificultades de la pobreza y las diferencias suscitadas entre los marginados y los poderosos, y también hacia las fuerzas que están más allá de nosotros; Dios, el Diablo y la Muerte, que manipulan o interceden en el destino. Sucumbimos ante nuestro propio destino, que nos hace sentir intrascendentes, pequeños ante él, como un suspiro ante el tiempo, como una pequeña flama en un mar de velas.

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